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Y así continuó mi relación más tórrida y, para mí, hasta violenta y con frecuencia, desagradable de mi vida. Aunque admito disfruté con Carmen, no puedo decir que guardé de ella el dulce y agradable recuerdo que aún conservo de Merche.

A partir de aquel día, cada vez que amanecía con buen tiempo, Carmen proponía a mi madre el mismo plan y, salvo que los pequeños estuviesen ya despiertos, desayunados y preparados, cosa poco menos que imposible, mi madre decía que sí o era ella misma quién sugería que por que no nos íbamos ya. También desde entonces, al llegar a la playa, ya no había palabras entre nosotras. Carmen, en cuanto se iba Alfredo, se quedaba inmediatamente desnuda, como Dios la había traído al mundo. Yo, según los días, hacía algo antes de tumbarme a su lado. Sabíamos que teníamos hora y media larga para nosotras solas y nos daba tiempo para todo. A veces, antes de practicar nuestro deporte favorito, el sexo, hablábamos de cincuenta cosas. Sólo el primer día tuve problemas porque, nada más tumbarme a su lado, empezó a acariciarme el pecho y estómago como distraídamente, mientras hablábamos. Pero a las diez palabras me soltó de repente: “Ayer te dije que hoy me contarías cómo sabes tanto. Mira, yo ya soy mayorcita y lo que tú sabes no lo has aprendido ni en un día ni en dos y, desde luego, no con una jovencita de tu edad. O sea que dime con quién aprendiste tanto y lo pasaste tan bien, porque, además, se nota que no lo haces a disgusto sino que gozas como una loca. No te preocupes que, como comprenderás, no se lo voy a contar a nadie porque estamos metidas en el mismo juego. Así que ¿me lo quieres contar o no? Yo le dije que no, que era un secreto mío, como lo iba a ser lo nuestro. Como era muy inteligente, supo enseguida que no me iba a sacar una palabra y, menos aún, un nombre. Por ello decidió dejar el tema. . . por lo menos de momento porque mucho tiempo después volvería a la carga. Así que nos dedicamos a hablar de otras cosas durante un rato y luego a hacer el amor.

En días sucesivos me enseñó -más bien, me exigió- cosas nuevas que yo jamás había hecho ni con Merche. Carmen era insaciable y viciosa. El cunilinguo, que ya lo practicamos al segundo o tercer día era para ella casi un juego de niños. Y, por eso, me enseñó a excitarla haciendo lo mismo con mi lengua pero. . . por detrás. Pese a todo, disfrutábamos juntas y lo bueno es que aquello no acabó con el verano. Los matrimonios seguían con su fuerte amistad y, dada la vecindad, rara era la semana que, bien en su casa bien en la nuestra, no se reunían tres o cuatro veces. En muchas ocasiones con nosotros, los hijos, para que jugásemos. Yo me aburría porque yo ya no estaba en la edad de los juegos de mis hermanos y de la hija de Carmen. Afortunadamente Carmen acudía en mi auxilio. Siempre encontraba un momento y una excusa para quedarse a solas conmigo en algún sitio de la casa y practicar el sexo aunque fuese de pié, metiendo nuestra mano debajo de la falda de la otra y, una vez dentro de las bragas, buscando con los dedos el sexo de la otra. Para ello siempre encontraba el sitio en que sabía que nadie nos iba a molestar o buscar, al me- nos durante diez o quince minutos. Unas veces era en la cocina, con la disculpa de que yo la ayudase a terminar algo, otras saliendo al garaje a buscar algo. . . . Y así siempre.

Desde luego yo seguía enamorada de Merche. No podía olvidar su delicadeza, su prudencia, su re- cato, su comedimiento, su respeto hacia mí y hacia ella misma y -¿por qué no decirlo?- hasta su inocencia y bondad. Era exactamente lo contrario de Carmen. Pero, como me gustaba ella y me gustaba el sexo con ella me atraía profundadamente. Además, y sobre todo, me fascinaba su des- caro, desvergüenza y osadía. Sólo tres anécdotas bastan para retratar estas características de Carmen:

En una ocasión –como era frecuente- cenaban en casa los dos matrimonios. Los niños se fueron a cenar y a la cama a su hora. Yo como era mayorcita, me quedé en el salón con los mayores más tiempo. Cuando era la hora de que yo me retirase también Carmen dijo a todos pero dirigiéndose específicamente a mi madre: “Anita ya es mayorcita. ¿Por qué no cena con nosotros y así además, practica su inglés conmigo? (Ella hablaba un perfecto inglés, como su marido, y yo ya llevaba años estudiándolo. Mi padre ni palabra y mi madre tres o cuatro sueltas). A mi madre le pareció bien –era quien decidía- así que pusieron un plato más en la gran mesa redonda del salón. Nos sentamos a cenar. Carmen hizo que me sentase muy cerca de ella, aunque la mesa era enorme: cabían cómodamente ocho o nueve personas mayores –con lo que quedábamos lejos de los demás. A mi derecha su marido –a casi un metro, al lado de él mi madre y junto a ella, mi padre que quedaba a la izquierda de Carmen, pero a setenta u ochenta centímetros de ella. Carmen y yo juntitas, juntitas. . . con la disculpa de hablar en inglés. Fue una cena memorable. Cuando estaban tomando el aperitivo –y yo un refresco o algo así- Carmen metió su mano derecha debajo del mantel – que llegaba hasta las piernas de los comensales - buscó mis muslos y empezó a acariciarlos subiendo hasta la entrepierna. Me acarició un poco por encima de las bragas, me invitó, con gestos a que yo le hiciese lo mismo y, cuando casi yo no había empezado, se excusó y dijo que tenía que ir al baño. (Los baños, dos, estaban en el piso de arriba al que había que subir por una escalera de madera que crujía en muchos de sus peldaños). Tardó poco en regresar.

Dada su ausencia los adultos pidieron el segundo aperitivo. Volvió Carmen y me indicó que volviese donde lo habíamos dejado. Volví a meter la mano bajo el mantel, a buscar sus muslos y me encontré con dos sorpresas: una, que (nos tapaba el mantel) se había subido su falda casi hasta el final de sus muslos. La segunda, que me dejó helada, que ¡se había quitado las bragas! ¡Esta era la razón de su viaje al baño! Así que, al subir mi mano por sus muslos me encontré directamente con su pelo púbico y su vagina. Ella empezó a hablarme en inglés. Su marido, Antonio –Tony lo llamábamos, estaba enzarzado en una conversación de negocios con mis padres y no nos prestaban atención. Ella me dijo en inglés: “En la vida, una de las cosas más excitantes que hay es el riesgo. Si no lo has comprobado todavía, en cualquier momento lo comprobarás. Cuando menos te lo esperes. Y si superas el miedo que produce el riesgo, cuando alcanzas el objetivo propuesto, el placer es infinitamente mayor. Ya lo verás antes de lo que imaginas. ”Me estaba diciendo que siguiese. Y seguí. Y cuando metí mi dedo en su vagina aquello parecía un manantial o una cata- rata. Entre sorbo y sorbo de su aperitivo y mi refresco, seguí trabajando donde ella quería. En eso llegó la chica a servirnos con el primer plato. Nos sirvió y, antes de que Carmen pudiese probarlo, noté que alcanzaba el orgasmo. Se quedó rígida y apretó los dientes. Fue tan evidente su ex presión que su marido y mis padres le preguntaron si se encontraba bien, si le pasaba algo. Ella dijo que no moviendo la cabeza. Me di cuenta que lo que estaba haciendo era no abrir la boca para dejar escapar los quejidos que acompañaban su orgasmo. Se mantuvo así hasta que terminó. Y luego, con la mayor naturalidad, dijo“Es me había atragantado, pero ya estoy bien”.

Y todos siguieron con su conversación y cena. Ella, volviendo al inglés, me dijo: ¿Ves lo que te decía? Su sangre fría y cinismo me habían excitado hasta el punto que, como implorándoselo, bus-qué su mano para que me aliviase. No me hizo falta gran esfuerzo porque ella siempre devolvía ese tipo de favores y su mano ya estaba camino de mi empapada vagina. Y me devolvió el placer ampliamente. Pero no acabó ahí la noche. Cuando acabamos de cenar y los mayores pidieron copas con el café para iniciar la sobremesa, mi madre me dijo: “Anita, hija, ya va siendo hora de que te acuestes”. Yo dije que ya me iba. Me despedí de todos y cuando iba a cruzar el salón con dirección a la puerta, Carmen le dijo: “Nini, no te preocupes. Yo tengo que subir al baño otra vez y ya me encargo yo de que se vaya directamente a la cama”. Se levantó y me acompañó. Cuando llegamos al piso de arriba se dirigió a la izquierda, donde estaba el baño principal frente al dormitorio de mis padres. Al fondo del pasillo estaba el dormitorio de mis hermanos y, al lado, el mío. Encendió la luz del pasillo y, al llegar, la del baño. Allí me dijo:”Anda, vete a acostarte que ahora voy yo a darte las buenas noches”. Pero antes de que yo diese los tres o cuatro pasos que se me- paraban de mi dormitorio, me chistó para que la mirase y, riéndose, sacó del bolso sus bragas, las agitó delante de mis narices, como una bandera de vencedor, y añadió: “Tengo que volver a ponerme esto”.

Fui a mi cama, me acosté y a los dos o tres minutos estaba allí Carmen. En la penumbra vi que se ponía de rodillas al lado de la cama y, sin decir una palabra, metió la mano bajo sábanas, buscó mi vagina y empezó a acariciármela y a masturbarme otra vez, al tiempo que se inclinaba sobre y cabeza y me daba un beso profundo con la lengua. Cuando notó que yo me había corrido sólo dijo: “Buenas noches preciosa. Espero que lo hayas pasado tan bien como yo”. No me dio tiempo a contestarle pero yo tardé en dormirme pensando en todo lo sucedido aquella noche, en Carmen y en su sexo.
Desde aquella noche, cuando cenaban en casa, sus visitas a mi habitación eran usuales y su osa- día y amor al riesgo, que la y me excitaban, aún más. Y aquí viene la segunda anécdota que refleja todo eso:

Una de esas noches entreabrió la puerta de mi habitación. Yo acababa de apagar la luz y aún no dormía. Metió solo la cabeza y, en voz baja, me llamó. Cuando le contesté y vio que no dormía, me dijo en voz baja: “Ven al baño que quiero que me hagas un favor”. Y se marchó sin decir nada más. Yo obediente y deseosa de su contacto, la seguí inmediatamente. Entré en el baño y me la encontré sentada encima de la tapa de la taza del water. Hice ademán de cerrar la puerta pero ella, lista como siempre, me dijo: “No la cierres del todo. Déjala dos o tres dedos abierta y así oímos si alguien sube por las escaleras o si tus hermanos se levantan y abren la puerta de su habitación”. Obedecí dándome me di cuenta de lo inteligente de su idea. Cuando ya había dejado la puerta ligeramente abierta, me acerqué a ella que dijo: “Abajo están metidos en una pesadísima conversación de negocios que me aburre. Además estoy muy caliente y decidí que estaba mejor aquí”. Mientras me explicaba esto ya se había subido la falda, bajado las bragas y abierto las piernas cuanto podía, dejando al aire su sexo. Me invitó con gestos a que me pusiese de rodillas entre sus muslos y a que le practicase el sexo con la lengua y los dedos. Lo hice con placer y se lo di. Cuando acabó me dijo“Anda, ahora acuéstate que ya voy yo”. Efectivamente, apenas me había tapado con las sábanas cuando entró ella y, en vez de meter su mano bajo ellas, como en otras ocasiones, las retiró, me subió el camisón –todo a oscuras o, al me-nos, en penumbra- y medio subiéndose a mi cama, me hizo lo mismo que yo acababa de hacer-le mientras con una mano me acariciaba los pezones y los pechos, cosa que a mi me excitaba muchísimo. (Y me sigue excitando igual: son dos de mis puntos más sensibles). Cuando notó que yo había alcanzado el orgasmo, me tapó con las sábanas, me dio un beso en la boca (con lengua, naturalmente) y se despidió diciendo: ”Con suerte ahora soy capaz de aguantar el rollo de abajo. Que duermas bien, cariño”.

Esta era Carmen. La tercera y última anécdota que contaré para reflejar lo que digo sucedió de la siguiente forma:

Uno de los días que venían a cenar a casa – por los detalles debía ser un viernes o sábado, llegaron Carmen y su hija muy pronto, sobre las 5 de la tarde. La idea era que su hija jugase con mis hermanos mientras las madres hablaban y terminaban de hacer o planear la cena. Lo normal era que cada mujer preparase alguno de los platos. Carmen traía uno. Y empezó la rutina. Mi madre se puso a charlar con ella mientras, de ver en cuando, se daba un paseo a la cocina para ver cómo iban por la cocina. (De hecho no tenía porque preocuparse porque teníamos una excelente cocinera). Al cabo de un rato –no mucho- Carmen exclamó: ¡Ay, me he dejado en casa un postre que había preparado! Voy a por él en un momento. Como son varios platos pequeños que me acompañe Anita para ayudarme a traerlos”. No espero la contestación de mi madre porque sabía que la respuesta era afirmativa. Me hizo un gesto y nos fuimos. Como dije, vivían a dos o tres manzanas de casa. Llegamos a la suya. Tenía un portón inmenso, que utilizaban los camiones de la fábrica y una puerta normal para la gente a pie.

A veces, durante las horas de trabajo, el portón estaba abierto permanentemente. Entramos por él, todavía trabajaban. A la derecha estaba la fábrica y a la izquierda, a unos 60 o 70 metros el domicilio privado, que era una casita de dos plantas. Nos fuimos directamente hacia ella. Cuan- do entramos yo me dirigí a la cocina a buscar lo que había olvidado, pero Carmen me detuvo y, a voces, le dijo a la chica que tenían empleada: “Fulanita, subo un momento arriba. Vengo por el postre. Si viniese el señor me avisas”. E indicó que subiese con ella al piso de arriba, donde estaban los dormitorios y baños. En cuanto subimos las escaleras se dirigió a su dormitorio, entró y empezó a desnudarse mientras me decía: ¿A que esperas? Tony estará en la fábrica por lo menos una hora y media más. Y tu madre no va a preguntar porque tardamos media hora o tres cuartos. Tenemos tiempo para nosotras”. Cuando acabó de decirme esto ya estaba desnuda y dentro de la cama. Yo sólo unos segundos después. Y con toda tranquilidad, empezamos a hacernos el amor. Con alguna novedad porque, en un determinado momento, se dio la vuelta y cogió de su mesita una caja, la abrió y exhibió una colección de consoladores –cosa que yo no había visto ni tenido en mis manos jamás-. Escogió uno de ellos y lo utilizó con ella y conmigo en todas las partes imaginables. Luego lo desechó y me dijo“Me gusta a veces, cuando estoy sola. Pero prefiero lo natural”. Y me tocó la boca como para indicarme que era“lo natural”. Total que nos amamos durante una hora.

Cuando calculó que era tiempo de irnos me hizo un regalo: volvió a coger su caja de consoladores y me dijo: “Escoge el que más te guste. Es para ti como un recuerdo mío”. Yo no sabía por cual decidirme porque nunca los había utilizado. Entonces ella buscó y eligió uno. Me lo dio diciéndome:“Toma éste. Es muy agradable y, además, automático. Es eléctrico y funciona a pilas. No tienes más que darle a éste botón. ¿Ves? Eso sí, guárdalo bien, que no lo vean en tu casa, sobre todo tu madre”. Luego, mientras acababa de vestirse me dijo: “Sé que no me vas a decir quién te enseñó tanto pero te voy a hacer otra pregunta: ¿a ti los chicos no te van nada de nada? Le dije, a medias, que no. Y ella, con todo su cinismo, comentó: “A mí lo que me gustan realmente son las mujeres, pero tampoco le hago ascos a un hombre si me apetece y está bien. Además puedes sacar provecho. ¿No me ves a mí? Estoy honorablemente casada, con una hija y he salido de Filipinas. Allá tú si no te gusta aprovechar lo mejor de los dos lados pero respeto tu gusto y tu honestidad en ese sentido. En cualquier caso sabes lo suficiente para hacer feliz en la cama a cualquier mujer o a cualquier hombre. Venga, vamos ya, que tenemos que coger los postres”. Y eso hicimos.

Nuestras relaciones siguieron igual durante el tiempo que duró su matrimonio. Cuando yo tenía quince años, camino de los diez y seis y a punto de empezar la Universidad, se organizó el gran escándalo. Se separó matrimonio en un conocido, público y comentado proceso canónico. Fue el marido, Tony, el denunciante. La acusó de adulterio. La habían cogido “in-fraganti” con un hombre. Y después aparecieron otros casos. Lo curioso es que, en todo el proceso, no salieron a relucir relaciones suyas con mujeres. No sé si porque no se sabía o porque lo primero ya bastaba y, para aquella época, era demasiado sacar, además, el lesbianismo, más en un matrimonio de clase social alta. El caso es que le dieron la razón a Tony, que siguió dirigiendo la fábrica y, por tanto, en la casa que era pertenencia da la compañía. A ella le concedieron la custodia de la hija por razón de la edad de la niña–unos 9 o 10 años por entonces -y se marchó a vivir en las afueras de la ciudad. Sólo volví a verla, meses después, en una ocasión. Fue en la calle principal a medio día. Ella iba por una acera con su hija y yo por la contraria en dirección opuesta. No se si no me vio –muy probable -o si, viéndome, prefiriera no saludarme, lo que habría sido normal ya que no debía tener buenos recuerdos de mis padres, que habían sido testigos de Tony en contra de ella. El caso es que nunca volví a verla. Tony se murió, no mucho después, de un infarto bajando las escaleras de su casa.

Y con Carmen terminó el segundo gran capítulo de vi vida. Pero me la dejó llena de nuevas experiencias (no siempre gratas), conocimientos múltiples sobre el sexo y un consolador. El que Carmen me había regalado y que yo usaba, de vez en cuando, para recordar a. . . Merche. Aunque, generalmente, prefería, como decía Carmen, “lo natural”, es decir mis manos y dedos.

 

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