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Mi esposa comenzó a espaciar las relaciones sexuales, pretextando cansancio por el trabajo. Al principio no me preocupé pues me aliviaba de mis obligaciones conyugales y yo podía continuar con una relación paralela donde volcaba todos mis instintos y satisfacía mis urgencias sexuales.

Cuando tuve un problema neurológico encontró el motivo justo para dejar definitivamente de acostarse conmigo argumentando no querer perjudicarme en mi patología. En principio la comprendí, pero con el correr de los meses entre a dudar de su fidelidad, despertando en mi, un sinfín de conjeturas.

“Tendría un amante”? , “Habría perdido todo interés por lo sexual”?.

Me parecía extraño, nunca antes me había generado la más mínima sospecha. Es como si hubiese descubierto algo nuevo y no me necesitase. “Se habría convertido en lesbiana”?. Era un misterio su transformación.

Me propuse armarme de paciencia y averiguar lo que sucedía. El solo imaginarme las múltiples posibilidades y las fantasías sexuales despertaron mi curiosidad y estimularon mi libido.

En principio contemplé todas las posibilidades, las que fui investigando con discreción y sin despertar en ella la menor sospecha. Cada vez que tocaba un tema referente al sexo ella evadía las respuestas y contestaba con evasivas. En realidad no le encontraba respuesta a su conducta hasta que sucedió algo inesperado. Debía estar acostado esa mañana temprano, pero un llamado telefónico me despertó y me dirigí presuroso para atenderlo. Mi mujer aprovechaba a bañarse todos los días a esa hora y partir luego a su trabajo. Esa vez no escuchó el teléfono por el ruido del agua, y al acercarme a la puerta del baño, percibí un gemido ahogado seguido de un chapoteo de agua, que me llamaron la atención. Sin hacer ruido observé a través de la cerradura. Mi esposa sentada en el banquito de baño, totalmente desnuda abierta de piernas y con una vela gruesa en su mano acababa de masturbar su concha. Depilada la vulva e irritados sus labios por el vaivén violento cuando consiguió el orgasmo era lo que habían motivado sus gemidos que llegaron a mis oídos. Me mantuve imperturbable gozando de esa hermosa visión. Su rostro arrebolado, las caricias a sus senos y su lengua buscando los pezones endurecidos por la calentura, produjeron el erección de mi pene. Pero ahí no terminó todo, nuevamente lubricó la vela con los jugos de su vagina y se la fue introduciendo lenta y sabiamente en su orificio anal que se fue dilatando. Se movía hacia delante y atrás jadeando y gimiendo de placer mientras con su mano derecha estimulaba el clítoris. No la quise interrumpir, pero yo también me masturbé gozando con esa visión.

Esperé que saliese del baño, y al verme sentado en una silla del comedor dio un respingo, se cubrió con una salida de baño, pero no pudo disimular lo sucedido en la ducha. Me incorporé y la besé. La tranquilicé diciéndole lo maravillosa que había sido mi experiencia al verla gozar con tanto ardor, y le propuse repetirla en mi presencia sin tabúes ni remilgos. Todo quedaría entre nosotros y ella gozaría exhibiéndose, mientras yo lo haría también, al verla como un espectador privilegiado.

Para su cumpleaños le regalé un juego de vibradores y consoladores de distinta textura, tamaño y color que recrearon nuestra vida sexual, que a partir de entonces se enriqueció. Nos masturbábamos uno frente al otro fantaseando con la lujuria y de placer de una orgía imaginaria. Ella representaba escenas de exhibicionismo como si gozase ante el público y yo acababa eyaculando sobre su rostro pidiendo que sorbiese el semen que fluía de mi verga tragando hasta la última gota.


Munjol (hugolobbe@ciudad.com.ar)

 

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