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POR FIN, MI HERMANA...

Había sobrevivido. Había logrado soportar el castigo con notable entereza y determinación, como un hombre (y una mierda, si no llega a ser por Dickie y María, me muero). Bueno, daba igual, lo cierto era que por fin se había acabado mi suplicio, y yo, tras todos los sucesos de esos meses, había salido muy reforzado mentalmente... y sexualmente.

Las cosas volvían a pintar muy bien, pues al lograr que readmitieran a Tomasa, las criadas habían quedado tremendamente impresionadas, por lo que volvían a convertirse en presas fáciles. Si a esto le uníamos que María empezaba a tratarlas con educación y amabilidad, en vez de ser la tirana que siempre había sido, yo me había convertido para las chicas en algo así como un ídolo al que adorar. Y ese ídolo quería de ellas una sola cosa...

Como dije al final del anterior capítulo, pasaron unos días en los que no me acerqué a las chicas para nada, pues tras tanto tiempo sin mojar, la monumental orgía con María y Tomasa me había dejado derrengado, y no me veía capaz de satisfacer por completo a una mujer (lo que hubiera supuesto un mazazo para mi orgullo).

Y no crean que fue fácil resistirse, pues incluso antes del levantamiento del castigo, las criadas decidieron “agradecerme” tanto la readmisión de Tomasa como el cambio de actitud de María, así que se dedicaron a intentar cazarme.

¡Qué días! Imagínense a un grupo de hembras hermosas y lujuriosas persiguiendo a un pobre chico de 12 años, tratando de agradecerle lo que había hecho por ellas. Además, las chicas pensaban que me había pasado dos meses sin follar, así que habían decidido apiadarse de mí y aliviar mi tensión.

Fueron días de achuchones, restregones, frotamientos, camisas mal abrochadas, faldas subidas impúdicamente... por más que me escondiera, siempre aparecía por allí alguna criada con lúbricos pensamientos que intentaba calentarme lo suficiente para que me decidiera a follármela. Cómo había cambiado todo.

Pero yo no me atrevía. Por un lado estaba lo que he dicho antes, que físicamente estaba lejos de mi mejor momento. Pero había una razón más: mi madre.

Aunque las chicas parecían haberlo olvidado, a mí no me ocurría lo mismo, y tenía muy presente que aún seguía castigado, y que, si bien era grave que mi madre me pillara con una mujer en cualquier momento, lo sería todavía más si sucedía justo cuando estaba a punto de cumplir el castigo.

No les pido que entiendan la lógica de mis pensamientos, pero no pierdan de vista que yo aún era muy niño, y le tenía bastante miedo a mi madre, y por nada del mundo estaba dispuesto a volver a pasar por dos meses de castigo.

Así que hice lo único lógico, procurar estar acompañado a todas horas. Hacía horas extra en clase, ayudaba a mamá con las tareas, acompañaba incluso a mi padre a los almacenes de fruta... lo que fuera para mantenerme lejos de las garras de aquellas lobas, las cuales, pobrecitas, no acababan de entender por qué las rehuía ahora.

Dicen que todo lo bueno se acaba, y yo añadiría que todo lo malo también, así que por fin llegó el levantamiento del castigo. No hubo ceremonia, ni reunión familiar ni nada... simplemente, una mañana mi madre me llamó justo antes de ir a clase con Dickie, después del desayuno, y me dio una pequeña charla en mi cuarto.

- Bueno – dijo cuando entré al dormitorio tras ella – Sabes qué día es hoy ¿verdad?
- Sí, supongo que te refieres a que hoy se termina el castigo – respondí.

Mamá tomó asiento sobre mi cama y me miró un par de segundos antes de continuar.

- Y bien, ¿has aprendido la lección?
- Sí, la he aprendido – respondí con presteza.

Ella esbozó una sonrisa cansina, se ve que no me creía del todo.

- Ay, Oscar, cariño – dijo abrazándome - ¿qué voy a hacer contigo?

Yo estaba allí apretujado contra ella, con mi rostro aplastado contra las dos magníficas mamas maternas. Me excité un poco, pero logré apartar de mi mente los insidiosos pensamientos que pugnaban por entrar en ella.

Afortunadamente, mi madre me apartó de si, y apoyando sus manos en mis hombros, me miró a los ojos.

- ¿De verdad ha servido todo esto para algo?

Pensé en mentir, era lo más fácil, pero supe que no era lo que mi madre deseaba. Era mejor decir la verdad, aunque fuera más duro.

- Mamá, no sé – dije apartándome de ella y sentándome sobre el colchón, a su lado.
- Cuéntame – dijo ella dulcemente.
- Quiero ser sincero – proseguí – así que te diré la verdad. Mamá, si me estás hablando de si he aprendido que no debo perseguir a las chicas... pues lo siento, pero no es así.
- Comprendo – dijo ella.
- Pero si te refieres a lo que hablamos hace dos meses... Que debo tener cuidado y no pensar solamente en mí y medir las consecuencias de mis actos... entonces sí, de eso puedes estar segura.

Mi madre sonrió e inclinándose me besó con ternura en la frente.

- Es lo que esperaba de ti – dijo.
- Estupendo.
- Mira Oscar, te conozco bien... “demasiado bien” sería mejor decir – dijo ella aludiendo a nuestro encuentro incestuoso, lo que me hizo enrojecer – Sé que eres clavado a tu abuelo, y no sé cómo eres capaz de liar a cualquier chica para... bueno, para acostarte con ella.
- Yo...
- No, cállate y escucha. Sé que te gustan las mujeres y que aquí puedes disponer de unas cuantas a tu antojo, así que no seré tan estúpida para prohibirte que lo hagas, pues no me harás ni caso... Pero recuerda lo que te dije ¿de acuerdo?
- Sí mamá.

Esta vez fui yo quien la abrazó con fuerza. La quise mucho en aquel momento. No todas las madres serían capaces de ser tan comprensivas con sus hijos en una situación como esa, pero ella lo fue.

Supongo que nuestra propia historia juntos influyó en su comportamiento, pero daba igual; me dio libertad para disfrutar de la vida, no me cortó las alas. Fue hermoso.

Ella se marchó y yo salí un par de minutos después, tras haber recogido mis libros para la clase con Dickie. Pero al salir, me topé de bruces con Marta y Marina que iban hacia el cuarto de mi hermana.

Aquello me devolvió a la realidad. No todo era felicidad en el paraíso terrenal, había luces y sombras. Y la sombra más oscura era mi deteriorada relación con mi prima y mi hermana. Me odiaban.

- Hola – dije torpemente.
- Hola – dijo Marina, Marta ni habló.
- Voy a clase – dije envaradamente.
- Y a mí qué – respondió ella.
- Bueno, si así están las cosas... – dije y me dirigí al fondo del pasillo.

Pero la voz de Marta me detuvo.

- Estarás contento ¿no?

Me volví y miré a las dos chicas.

- ¿Por qué? – dije, aunque sabía a qué se refería Marta.
- Ya no estás castigado... Ahora podrás tirarte a todas las que quieras ¿no? – exclamó mi prima con fuego en la mirada.

Yo callé unos segundos, mirándolas. Se veían dolidas de verdad, decepcionadas, enfadadas. Y tenían razón. Yo las había usado para mis fines, las había perseguido, seducido sin pensar en las consecuencias. Mi madre tenía razón.

- Lo siento. Siento haberos hecho daño. Os juro que no fue mi intención – dije.

Aquello las sorprendió. Esperaban una respuesta seca, una de mis habituales salidas de tono y poder así montar una de nuestras peleas. Aquello las desconcertaba.

- Lo siento – repetí.

Y me fui a clase.

Entré a la habitación de Dickie tras llamar a la puerta y darme la institutriz permiso para entrar. Iba con la cabeza en otro sitio, pensando en las chicas y en lo mal que me había portado con ellas, así que estaba distraído, en otro mundo.

Eso hizo que no me fijara en algunos detalles reveladores, que me hubieran dado la pista para notar que allí dentro se cocía algo.

Por ejemplo, Dickie estaba arrebatadora; llevaba un vestido azul, con generoso escote, con una hilera de botones por la parte delantera hasta el borde de la falda. Su pelo estaba recogido en un delicioso moño, con algunos bucles sueltos, resbalando por su cuello.

Pero yo entré allí como un burro, con las orejas gachas y mirando al suelo, atravesando su dormitorio con un simple “hola” sin detenerme a contemplar el impresionante monumento de mujer que allí había.

Aquello molestó un poco a la institutriz, sorprendida de que yo, habitualmente tan lascivo, hubiera pasado olímpicamente de ella. Desconcertada, me siguió al cuarto anexo, el que hacía las veces de aula, donde yo ya había tomado asiento y me encontraba disponiendo mis libros, como hacía cada mañana.

Dickie entró al cuarto y cerró la puerta tras de si, mirándome en silencio unos segundos. Por fin, quizás dándose cuenta de que algo raro me ocurría, caminó hasta situarse junto al encerado, procediendo a borrarlo de los restos de las clases del día anterior.

- Oscar – dijo entonces – Si eres tan amable de sacudir el borrador.

Aquella era una tarea normal para mí, sacudir el borrador de restos de tiza por la ventana. Con la cabeza en mis cosas, me acerqué a Helen para recoger el borrador, pero ella, simulando torpeza, lo dejó caer al suelo.

- ¡Oh, qué torpe soy! – dijo con voz aterciopelada.

Lentamente se inclinó para recoger el borrador del suelo, de forma que el escote de su vestido se abrió levemente, revelando a la vista de cualquiera las dos maravillas de la creación de que estaba dotada la maestra, embutidas en delicada lencería.

Pero yo, imbécil redomado, ni siquiera me di cuenta de aquello, sino que me agaché junto con la institutriz y recogí el borrador, sin darme apenas cuenta de que Helen se hubiera inclinado.

La maestra se puso en pié, mirándome desconcertada, mientras yo, pensativo, sacudía el borrador por la ventana abierta. Una vez limpio el artilugio, se lo devolví a la profesora, que se quedó mirándome con él en la mano, mientras yo regresaba a mi asiento.

- Oscar, ¿estás bien? – me dijo.
- Sí, sí, señorita. Cuando quiera.

Helen, completamente descolocada, no sabía ni qué hacer, no comprendía qué sucedía. Durante los dos últimos meses, ella había sido mi único sustento en materia sexual, cada mañana yo entraba como un lobo a sus clases, deseando al menos obtener el alivio que sus habilidosas manos me procuraban. Ella había arriesgado su trabajo tratando de ayudarme, descargando mis pelotas a base de escondidas pajas, con el miedo perenne en el cuerpo de que mi madre nos pillara y la despidiera; y ahora que no había castigo... ni la miraba.

Desconcertada, decidió comenzar la clase, aritmética si no recuerdo mal, así que ella apuntó una serie de operaciones en la pizarra, para que yo las resolviera en mi cuaderno.

Como un zombi, copié las cuentas y comencé a resolverlas, mientras que la profesora me contemplaba extrañada.

La cosa pudo terminar ahí, pero ella, según me dijo luego, había esperado con ansia aquel día, y además, no estaba dispuesta a permitir que ningún hombre fuera capaz de resistirse a sus encantos.

Por si algún despistado no entiende lo que pasaba, simplemente diré que Helen Dickinson había decidido echarme un buen polvo aquella mañana, para celebrar que mis dos meses de castigo habían concluido, y desde luego, no iba a ser yo quien le impidiese hacer lo que se había propuesto.

Así que la calenturienta profesora se decidió a atacar más a fondo. Lentamente, caminó hasta situarse a mi espalda, para observar cómo resolvía las operaciones mirando por encima de mi hombro. Permaneció allí un par de minutos, hasta que poco a poco, el delicado perfume que la mujer se había puesto esa mañana comenzó a envolverme, enervándome notablemente.

Aunque suene estúpido fue justamente eso lo que me hizo despertar. ¡Coño! ¡Que tenía a miss Dickinson enterita para mí! Con el rabillo del ojo, la contemplé cuidadosamente, echando un disimulado vistazo por el canalillo de su vestido. Aquello bastó para hacerme olvidar mis otros problemas, y poner toda mi atención en el que ahora se me presentaba.

Seguí haciendo cuentas unos minutos, esperando a ver qué hacía la maestra. Pero ella simplemente se mantenía tras de mí, levemente inclinada, revisando con atención mis deberes. Comprendí que quería jugar un poco, así que hice lo que ella estaba esperando... me equivoqué en una operación.

- Espera Oscar – dijo mi maestra echándose hacia delante – Ahí has fallado...

Mientras hablaba, se inclinó de forma que su generoso busto quedó apretado contra mi hombro. Yo, por supuesto, me eché un poco para atrás, para apretar aún más contra mí aquellas magníficas mamas. Helen comprendió que yo por fin había despertado, y aunque yo no podía ver su rostro, juro que noté cómo sonreía.

La muy pécora continuó apretando sus senos contra mí mientras corregía la operación, y yo claro, seguí echándome hacia atrás para sentirlos mejor.

- Señorita, es que no entiendo bien esto – dije suavemente.
- ¿El qué? ¿Esto? – dijo Helen - ¡Pero si es muy fácil!

Mientras decía esto, la institutriz se incorporó, despegándose de mí, pero dejó una de sus manos apoyada en mi hombro.

- Bueno, lo repasaremos otra vez – dijo.

Se deslizó por detrás mía para sentarse a mi lado (como hacíamos por las mañanas, cuando se dedicaba a pajearme) y deslizó descuidadamente la mano que reposaba en mi hombro por mi cuello, acariciándolo, hasta alcanzar el otro hombro para usarlo como apoyo para sentarse. Fue un movimiento dulce, sensual, que hizo que una corriente eléctrica me recorriera de la cabeza a los pies y provocó que se me erizara el vello de la nuca.

Yo me eché para un lado en el banco amplio en el que estaba, dejándole sitio a Helen para que se sentara a mi lado. Ella así lo hizo, quedando los dos muy juntitos, con su espléndido muslamen bien apretado contra mi pierna.

- Dime, ¿qué es lo que no entiendes? – susurró con la vista clavada en el cuaderno.

Comprendí que quería jugar un poco, así que le señalé una operación con el dedo, sin importar cual, pues estaba absolutamente concentrado en mirar de reojo a mi hermosa profesora.

Ella comenzó a explicarme la operación, pero mientras lo hacía, movía suavemente su pierna, frotando muy levemente su muslo contra el mío. Yo la dejaba hacer, consciente de que ella tenía algo en mente y deseoso de averiguar qué era.

- Bien, ¿lo has entendido? – dijo de repente.
- ¿Eh? Sí, sí – contesté sorprendido – Ya lo entiendo.
- Estupendo, ahora hazlo tú.

Mientras decía esto, me alargó el lápiz, pero sus “torpes” dedos lo dejaron caer, de forma que fue a parar debajo de la mesa.

- Yo lo cogeré – dije rápidamente con ominosos pensamientos en mente.
- No, no déjalo – dijo Dickie con ideas similares en la cabeza – Tú coge otro y ve haciendo la cuenta.

Obviamente no protesté. Helen se arrodilló en el suelo, simulando buscar el lápiz, pero claro, no lo encontraba. La situación, que ya de antes me estaba excitando, se volvía cada vez más erótica, pues yo sabía perfectamente lo que iba a pasar, así que mi pene fue levantando su cabeza dentro del pantalón, formando un apreciable bulto, que era lo que mi institutriz deseaba.

- ¿No lo encuentra? – dije juguetón.
- No, debe estar por aquí, pero tú sigue con lo tuyo.

Mientras decía esto Helen había desaparecido bajo la mesa, quedando oculta por el mantel que la cubría. Yo casi temblaba por la expectación, deseoso de que la cosa se pusiera en marcha ya, y Helen no me decepcionó.

- ¡Ya lo he encontrado! – exclamó desde debajo del mantel.
- Estupendo – respondí con un hilo de voz.

Entonces noté las manos de la mujer sobre mis muslos y ella surgió de debajo del mantel justo entre mis piernas, quedando frente a frente con mi masculinidad.

La miré expectante, estaba preciosa, con el pelo un poco revuelto y los ojos brillantes, mirándome desde abajo. Además, llevaba el lápiz en la boca, atrapado entre sus dientes, mordiéndolo con fuerza, y no sé por qué, pero eso me excitó todavía más.

- Hoghla – farfulló con el lápiz en la boca.
- Hola – respondí yo.

Desvió entonces la mirada y la llevó a la zona de conflicto, encontrándose con que el cohete estaba a punto de despegar. Sonrió entonces, aún con el lápiz atrapado, quedándose mirando mi bulto.

- Veo que lo has encontrado – dije por decir algo.

Ella giró la cabeza hacia un lado y escupió el lápiz al suelo, tornando a mirar mi erección de nuevo.

- Sí – respondió – pero creo que he encontrado otro más grande.

E incrustó su rostro contra mi entrepierna. Yo, sorprendido, di un respingo y traté de sujetar su cabeza, pero sin mucha convicción.

- ¿Qué está haciendo? – exclamé - ¡Dios! ¡Me ha mordido!

Efectivamente, Dickie se había lanzado como una leona sobre su presa, y se estaba dedicando a chupar, lamer y sobre todo morder la más delicada zona de mi anatomía pero... ¡por encima de la ropa! Yo notaba cómo sus dientes daban delicados mordisquitos sobre mi miembro, notando cómo las prendas se incrustaban contra él y lo frotaban. Aquello era nuevo para mí, aquel ansia, aquel deseo, aquella lujuria... Helen era la mejor.

Poco a poco fue subiendo por mis caderas, arrancando los faldones de mi camisa, sacándolos del pantalón para desnudar así mi vientre e ir chupándolo y besándolo. Yo poco podía hacer, salvo dejarme devorar y perder mis dedos en los ensortijados cabellos de Dickie.

Ella seguía lamiendo y besando, mi vientre, mi pecho, subiendo poco a poco. Entonces sus manos se posaron sobre mi pene, aún encerrado, y comenzaron a pajearlo por encima del pantalón, estrujándolo con fuerza. Yo seguí acariciando el pelo de Dickie, pero, al igual que ella, cada vez me iba volviendo más violento, más salvaje. Ya no deslizaba mis dedos entre sus bucles, sino que los agarraba y tiraba con violencia, logrando apartar un segundo el rostro de aquella leona de mi cuerpo, para poder mirarla a los ojos. Pero ella no sentía dolor, pues volvía a echarse hacia delante, mordiéndome, devorándome.

Por fin logré atraerla hacia mí, quedando nuestras bocas muy próximas. Nos miramos unos segundos, jadeantes y nos abalanzamos uno contra el otro fundiéndonos en el más libidinoso de los besos. Su lengua se hundió en mi boca, llegándome hasta el fondo, buscando la mía con frenesí, siendo correspondida con creces.

Sus manos apretaron con fuerza mi pene, hasta casi hacerme daño, y finalmente lo soltaron, comenzando a pelearse con los botones del pantalón para liberar al fin al prisionero de su encierro.

Dickie, que estaba de rodillas entre mis muslos, se enderezó todavía más, apretando aún más su cuerpo contra el mío, estrujando mi polla ya libre entre nuestros vientres. Mientras, seguíamos besándonos con furia, hasta que sus manos fueron despojándome de la camisa, dejándome el torso desnudo.

Y claro está, mis manos no permanecieron ociosas. Como estábamos tan pegados era difícil agarrarle las tetas, así que me dediqué a acariciarle la espalda, hasta que llegué a su soberano trasero, que amasé con pasión por encima del vestido.

Ella comenzó entonces a deslizar sus manos por mi espalda, acariciándome, arañándome (menudas marcas me dejó), hasta que en una de las pasadas me hizo auténtico daño, por lo que me quejé.

- ¡Ay! – exclamé aún con su lengua en mi boca.
- ¿Qué te pasa?
- ¡Coño! ¡Que me has hecho daño! – dije llevando una mano a mi espalda para ver si me había hecho algo.
- ¡Qué delicadito eres! – exclamó Dickie mirándome furibunda.

Me quedé un poco sorprendido por su respuesta, y ella debió leerlo en mis ojos, pues se echó a reír.

- ¡Ay! Oscar, perdona... – dijo sin para de reír – Me dejé llevar. Es que hace tanto tiempo que esperaba esto...
- Vaya, gracias – respondí – Es que no me esperaba que te pusieras tan... cachonda.
- Pues anda que tú – dijo ella dándome un pellizquito cariñoso en la punta del capullo, que seguía por allí empalmado.
- ¡Ay!
- ¿También te duele eso? – dijo Helen, zalamera.
- Bueno...
- Pensé que te gustaría...
- Me gustan más otras cosas – respondí, aunque aquello me había encantado.
- ¿Sí? ¿El qué? Pensé que te gustaba todo lo que yo te hacía.
- Sí, y así es... Es sólo que llevo tanto tiempo sin follar... – mentí – Que preferiría algo un poco más... dulce.
- De acuerdo.

Tras decir esto, Dickie se acercó poco a poco a mi entrepierna y delicadamente, agarró mi falo por la base, comenzando a pajearlo muy despacito.

- ¿Esto te gusta más? – dijo mirándome.
- Bueno... No está mal.
- ¿Y esto? – preguntó dándome un besito en la punta del capullo.
- Uffff... Sí.
- ¿O prefieres esto? – susurró mientras daba un delicioso lametoncito a lo largo de mi pene.
- Ummm... mejor – dije cerrando los ojos.
- ¿O esto?

Mientras decía esto, Helen engulló mi falo por completo. Pude notar cómo mi picha iba centímetro a centímetro siendo recibida por la golosa boca de mi institutriz, empapándose en el calor, en la humedad de las profundidades de su garganta, hasta que su rostro quedó absolutamente incrustado en mi entrepierna. Se quedó allí casi un minuto, con mi polla enterrada hasta el fondo, juro que hasta noté su campanilla. Fue increíble, casi me corro sólo con eso, pero afortunadamente, ella comenzó a retirarse, deslizando suavemente sus labios por todo el tronco a medida que éste emergía de su boca.

- ¿Te gustó eso más? – dijo entonces.

Yo sólo acerté a resoplar y asentir con la cabeza.

- Bien, pues sigamos.

Y comenzó a mamármela.

Era maravillosa. Su boca era una auténtica artista, en provocar sensaciones, en chupar, en lamer, en humedecer. La cabeza me daba vueltas, mi mente se vio invadida por imágenes de Dickie chupándosela a mi abuelo, al cura de su internado, al amante de la estación... Me sentí feliz, era uno de los elegidos, uno del reducido grupo de hombres (aunque quizás no fuese tan reducido) que habían sido suficientemente afortunados para que los labios de aquella diosa se dignaran a recibir su polla.

Era imposible aguantar aquello durante mucho rato, así que empecé a notar los síntomas de una inminente erupción.

- He... Helen - acerté a farfullar.
- ¿Ummm? – dijo ella con la boca llena de polla.
- Me... me... co... – no podía ni hablar.

Pero ella me entendió, así que se la sacó por completo de la boca. Apoyó entonces mi pene contra su mejilla, y comenzó a acariciármela con el rostro, como si fuese una gatita, mientras clavaba su mirada en mi rostro.

- Así me gusta – dijo – Que avises antes. Bien, como has sido bueno...

Y tras decir esto volvió a engullir mi polla por completo, pero esta vez, en vez de dejarla deslizarse entre sus carnosos labios, la dejó resbalar entre sus dientes, de forma que yo los sentía perfectamente arañando mi falo. Ya no pude más.

- Heleeeeeeeeeen – siseé mientras me corría.

Ella se agarró con firmeza a mis muslos, manteniendo mi polla bien enterrada en su boca, recibiendo así mi tremenda lechada directamente en la garganta, tragándola casi por completo. Pero la corrida fue tan intensa que finalmente no pudo aguantar, así que tuvo que sacársela de la boca, de forma que los últimos disparos fueron a parar a su cara y a su vestido.

Helen sacó entonces un pañuelo, y muy discretamente, escondió el rostro en él para escupir los restos de semen que no había sido capaz de tragar. Finalmente se limpió también la cara, y se volvió hacia mí. Tenía los ojos un tanto enrojecidos, supongo que porque casi se ahoga.

- Vaya – dijo – Creí que podría con todo.
- Lo... lo siento.
- No, si no es culpa tuya. Sé que a los hombres o excita mucho correros dentro, así que pensé en hacerte un regalito, pero ha sido demasiado.
- Helen – dije besándola tiernamente – No tienes que hacer cosas como esa para complacerme. ¿Te acuerdas de lo que hablamos? El sexo debe ser placer para ambos, no que uno haga algo que no desea para darle gusto a su pareja. Cualquier cosa que te haga sentir mal a ti, también me hace sentir mal a mí.

Me miró unos instantes, sonriente, antes de volver a besarme.

- Me encanta cuando dices cosas como esa. Me hacen sentir especial – me dijo.
- Me encanta cuando te refieres a mí como hombre.
- Es que eres más hombre que cualquiera que haya conocido.

Y volvimos a besarnos. Ella me echó las manos al cuello y yo puse las mías en su espalda, besándonos y acariciándonos con auténtico cariño. No sé cuánto duró aquel beso, pero lo que estaba claro es que mi picha no iba a durar mucho tiempo dormida, sobre todo con aquel esplendoroso y caliente cuerpo de mujer estrujándose contra ella.

Cuando Dickie notó mi erección se apartó de mí, echando un vistazo hacia abajo.

- Vaya, vaya, parece que hemos despertado a nuestro amiguito – dijo.
- Sí, es que tiene el sueño muy ligero – respondí.

Helen se rió de mi chiste, y sonriendo dijo:

- Pobrecito, habrá que dormirlo otra vez.
- Sí, pero primero tú.

Me puse de pié y asiendo a Helen por las manos la ayudé a incorporarse también. Entonces, con un brusco movimiento, despejé la mesa de libros y cuadernos, regando el suelo con ellos y con delicadeza, guié a Dickie para que se sentara sobre ella. Yo, por mi parte, volví a mi asiento, que acerqué a la mesa para quedar justo frente a las rodillas de la mujer.

- Bueno, bueno – dijo Helen - ¿Qué tienes en mente?
- Como si no lo supieras – respondí, arrancándole una sonrisa.

Sin apartar mi mirada de su rostro, así el borde de su vestido, comenzando a abrir los botones desde abajo, muy despacio. Sus piernas, embutidas en unas finas medias iban apareciendo frente a mí, levemente separadas, para no entorpecer la visión del delicado tesoro que yo buscaba. Yo, con delicadeza, metí mis manos bajo su falda, acariciando sus muslos, hasta encontrar el borde de sus medias y poder deslizarlas lentamente, quitándoselas.

Seguí con los botones...Uno... dos... cada vez me acercaba más a mi codiciado objetivo, hasta que por fin, abrí el que quedaba justo a la altura de su entrepierna, descubriendo al fin lo que buscaba: El coño de mi maestra.

Ahogué un gemido de sorpresa, pues resultó que mi elegante institutriz inglesa iba sin bragas, lo que me calentó todavía más.

Hacía meses que no lo veía, y me pareció aún más hermoso de como lo recordaba. Poblado de rubios cabellos, sin depilar, de labios gruesos, entreabiertos, mojados, la cuna de todos los placeres.

Mi pensamiento inicial era desnudarla por completo, abriendo todos los botones de su vestido, pero aquel formidable chocho me fascinó, hipnotizándome, así que me olvidé del vestido (que quedó abierto hasta la cintura, con los faldones colgando a los lados) y hundí el rostro entre los muslos de la maestra, respirando profundamente el delicioso aroma de mujer.

- Helen, ¿te has echado perfume por aquí? – pregunté al notar un olor extraño.
- N... no – balbuceó la inglesa, indicando a las claras que sí lo había hecho.
- Vaya, chica, pues entonces el coño te huele a rosas – dije riendo.
- ¡Guarro! – exclamó la institutriz, un tanto molesta.

Pero yo no le di oportunidad de protestar más, pues me zambullí de cabeza entre sus muslos, apoderándome de su coño con labios, lengua y dientes.

- ¡AAAAHHH! – gimió la mujer.

Yo me apliqué a comérselo, deleitándome con el jugoso coño de la inglesa, empleando todo mi arte en materia de sexo oral. Sujeté sus muslos con mis brazos, manteniéndolos quietos y bien separados, para tener su chocho a mi completa disposición.

Helen, disfrutando como loca, se abandonó al placer, tumbándose por completo sobre la mesa y dejándome hacer, dedicándose exclusivamente a gemir y suspirar.

- ¡Diosssss! ¡Qué buenooooooo!

Pero entonces, un imprevisto pensamiento asaltó mi mente. ¡Mi madre! Si nos pillaba así me mataba.

Interrumpí mi almuerzo, y alcé la cabeza para mirar a Helen, con los jugos de la inglesa resbalando por mi barbilla. Ella, sorprendida, alzó un poco la cabeza y me preguntó con educación exquisita:

- ¿Estás gilipollas o qué? ¿Por qué coño te paras?
- Verás, Helen – dije titubeante – Estaba pensando... ¿Y si a mi madre le da por pasarse por aquí como suele hacer últimamente?

Helen se quedó callada, mirándome durante un segundo.

- Eres un cabrón, cuando te la chupaba yo a ti no tenías tantos melindres – dijo.

Me sentí mal porque tenía razón, no sabía ni qué decir.

- Lo siento, es verdad. Es que... no podía pensar... lo hacías tan bien...

Helen se rió un poco antes de tranquilizarme.

- Ay, Oscar. No tienes de qué preocuparte.
- ¿Qué?
- Sí, tu madre no va a aparecer por aquí en toda la mañana.
- ¿Cómo estás tan segura? – pregunté intrigado.
- Porque ayer tuve una charla con ella y le dije que hoy iba a follar contigo y que no molestara.
- ¿QUÉ? – exclamé anonadado.

Al decir esto, traté de incorporarme y sacar mi cabeza de entre las piernas de la mujer, pero ella apretó los muslos impidiéndome escapar.

- Alto ahí amiguito, aún no has terminado el trabajo que estabas haciendo. Y yo no te he enseñado a dejar los deberes a medias, ¿verdad? – dijo ella sensualmente.
- Pero...
- Pero nada, ya te he dicho que está todo arreglado.
- Pero... – insistí - ¿Es que mi madre sabe lo que estamos haciendo?
- Pues claro, tonto. Y lo que hemos estado haciendo durante el castigo también.
- ¿QUÉ?
- Mira Oscar – dijo Dickie sonriendo – Tu madre es muy consciente de lo increíblemente lujurioso que eres y que dos meses de completa abstinencia eran demasiado para ti, así que me dio permiso para... aliviarte un poco.
- No puedo creerlo – dije atónito.
- Pues créetelo. Pero eso sí, no podía tener sexo contigo, tenías que cumplir un castigo, así que nos vigilaba discretamente para asegurarse de que no incumplíamos las reglas.
- ¡Dios mío!

Los pensamientos se arremolinaban como torbellinos en mi mente. ¿Sabría mi madre también lo que le había hecho a María? ¿Y lo del recibimiento a Tomasa? ¿El día del doctor? Les diré, queridos lectores, que nunca supe si así era.

Entonces Dickie, harta de esperar, me metió un poco de prisa.

- Venga, chico, tú sigue con lo tuyo – me dijo mientras apretaba con una mano mi cabeza contra su coño.

Y quien era yo para desobedecer a la maestra.

Aún aturdido por la conversación, reanudé mi comida con un poco de torpeza, pero bastaron unos instantes perdido entre los muslos de aquella mujer para devolverme al paraíso terrenal. Contento y más tranquilo, redoblé mis esfuerzos para llevar a Helen a nuevos niveles de placer.

Consciente de que con aquella mujer no valía la dulzura, comencé a darle bien duro, devorándole literalmente el coño, chupando con fuerza su clítoris, que ya había emergido esplendoroso, y por supuesto, hundiendo tres dedos con fuerza en su vagina, recorriendo el interior de la chica con habilidad.

¡Qué comida! Desde luego fue para estar orgulloso. A pesar de las pausas e interrupciones, logré que la inglesita se corriera al menos dos veces hasta que quedé saciado de coño. Me aparté de ella y la miré, excitada, cachonda y sudorosa.

Llevada por el placer, se había literalmente arrancado los botones que quedaban de su vestido, con lo que sus pechos estaban al aire, aún cubiertos por el sujetador de encaje, que estaba ligeramente desplazado, seguramente por el magreo de tetas que la misma institutriz se habría propinado.

- ¿Te ha gustado? – pregunté poniéndome en pié entre sus muslos.

Helen asintió con la cabeza, incapaz de hablar al parecer. Yo llevé una mano a su entrepierna, que acaricié con fuerza, provocando un nuevo espasmo de placer en el cuerpo de la dama. Deslicé esa mano hacia arriba, hasta llevarla a sus pechos, que amasé firmemente, apartando el sujetador sin quitárselo, liberándolos de su encierro. Se mostraron ante mí, majestuosos, los mejores senos que había yo visto, con los pezones duros, erguidos, deseosos de ser chupados y mordidos.

Por supuesto no me resistí, y sin darle tiempo a la chica de recuperarse, me eché sobre ella, encima de la mesa, apretando mi rezumante polla contra su cálido coño, mientras mi rostro se hundía en medio de sus tetas, deseoso de lamerlo todo. Mis manos se aferraron de aquellas montañas, acariciándolas y estrujándolas con dureza, sabedor de que era así como le gustaba a la chica, absorbí un pezón con los labios, jugueteando con mi lengua en él, probándolo.

Yo ya no podía más, estaba embrutecido, necesitaba metérsela ya, y me dispuse a ello. Eché el trasero un poco para atrás, buscando la entrada de su coño con mi pene, pero el súbito movimiento junto con el peso de dos personas hizo que la mesa se tambaleara, con lo que a punto estuvimos de caernos.

Era lógico, pues aquella era una simple mesa camilla, lejos del imponente mueble de roble del salón, donde yo había celebrado mi última sesión de sexo.

- Espera – dijo Dickie apartándome – Aquí vamos a caernos.

Diciendo esto, se bajó de la mesa y se puso en pié. Yo estaba enfebrecido y no comprendía adónde iba; sólo pensaba en meterla ya.

- Ven aquí – dije agarrándola y tirando hacia mí.
- Espera, tonto, vamos a mi cuarto – dijo ella tratando de zafarse de mis achuchones y caricias.

Pero yo no estaba dispuesto a dejar que se fuera a ningún lado, la quería ya y allí mismo. Me bajé de la mesa y me abracé a su cuerpo, metiéndole mano por todos sitios, tratando de hacer que se inclinara un poco para poder hincársela. Dickie, entre risas, se resistía, tratando de librarse de mis manos, que por momentos parecían los tentáculos de un pulpo. Bastaba con que lograra liberar un pecho o un muslo, para que cuatro manos más la agarraran de otros tantos sitios.

Pero claro, ella era más fuerte, así que, poco a poco, fue logrando arrastrarme hacia el dormitorio, pero yo no me rendía. Parecía un perro en celo, frotando mi erección contra la pierna de la mujer, que, muy divertida, seguía tirando de mí.

Entre risas, Helen tropezó y cayó al suelo, pero lejos de enfadarse, siguió avanzando hacia su cuarto, conmigo prendido como una garrapata. A gatas, como pudo, logró alcanzar el dintel de la puerta que separaba ambas estancias y se agarró a la manija de la puerta, abriéndola. Como yo seguía tirando, se aferró directamente al marco, para hacer más fuerza y evitar que yo la arrastrara de vuelta al aula. Yo, comprendiendo que no iba a lograr vencerla, decidí lanzar un último ataque.

Rápidamente, cogí los faldones de su vestido y los alcé, echándolos sobre su espalda, dejando así su maravilloso trasero al descubierto. Me coloqué tras ella y, hábilmente, situé mi falo en la entrada de su húmeda cueva. Y empujé, clavándosela en el coño desde atrás.

- ¡AAAAHHH! ¿QUÉ HACES, CABRÓN? ¡ESPERA UN POCOOOOO! – gritó.

Sí, para esperar estaba yo. Sin piedad, comencé a arrearle culetazos, produciéndose un delicioso aplauso entre mi vientre y su trasero. A cada empellón, ella se soltaba un poco más del marco de la puerta, inclinando el torso hacia delante, facilitando mi tarea.

Por fin, claudicando por completo, Helen apoyó la cabeza en el suelo, quedando con el culo en pompa, totalmente abierta a mí. Y yo, como una bestia salvaje, seguí follando y follando, dándole empujones cada vez más vigorosos, disfrutando de aquella hembra tanto como ella de mí.

- Uffff, sí, sigue, así... No te pares, ¡MÁS FUERTEEE! – gritaba Dickie.
- Toma, zorra, te la voy a meter hasta el fondo – respondía yo.
- ¡SÍ, HAZLO, SIGUE, FÓLLAMEEEEE!

Pocas mujeres he encontrado en mi vida tan calientes y lujuriosas como Helen Dickinson. Con ella no valían jueguecitos ni tonterías, había que practicar sexo duro y salvaje. Por suerte, para mí eso no era un problema.

Seguí bombeando como loco, resoplando embravecido, follándola con fuerza. Llevé mis manos a su espalda y tironeé del vestido, obligándola a alzar uno de sus brazos para sacarle una manga y repitiendo el proceso con la otra. Arrojé su ropa a un lado y me dediqué a forcejear con el broche del sostén, pues quería desnudarla por completo, todo esto sin disminuir el ritmo de bombeo.

Por fin lo logré y tiré también el sujetador hacia un lado, redoblando entonces mis esfuerzos en aquel coño. Helen aguantaba como podía, con medio cuerpo en cada habitación, resistiendo y disfrutando mis embates.

- ¡OH MY GOD! ¡I´M COMIIIIIIIING! – aulló.

Alcanzó un nuevo orgasmo, chillando como loca, hasta que noté que sus gritos quedaban súbitamente amortiguados.

- Ummmgmmmmammm – siseaba.

Eché la cabeza a un lado, para poder ver qué pasaba, y vi que la muy zorra había clavado sus dientes en su propio brazo, mordiéndose para ahogar los gritos de placer.

Estaba claro que yo no iba a aguantar mucho más, así que aceleré un poco para precipitar mi propio clímax. Helen lo notó, y liberando su brazo, acertó a balbucear:

- N...no te co... rras...

La entendí perfectamente a pesar de lo aturdida que estaba mi cabeza, así que se la desenfundé del coño. Pensé en clavársela en el culo y correrme allí, pero vi que su ano estaba muy apretado por la tensión y el esfuerzo que habíamos realizado y comprendí que si la forzaba iba a hacerle daño. Así que coloqué mi ardiente nabo entre sus nalgas, a modo de sándwich y lo froté repetidas veces hasta que vacié mi carga sobre su espalda.

Ahora era yo el derrengado. Me dejé caer sentado, al lado de la yaciente Dickie, apoyando la espalda contra el marco de la puerta. Ella también se tumbó, de costado, resoplando agotada.

- Eres increíble – me regañó - ¿No podías esperar a llegar a la cama?
- Es que... en la cama ya lo habíamos hecho – respondí arrancándole una sonrisa.
- ¿Y qué?
- No, nada – dije – Pero no irás a decirme que no te ha gustado.
- Cerdo – dijo guiñándome un ojo.
- Zorra – respondí acariciándole un pecho.

Helen dio un profundo suspiro y se tumbó boca arriba, mirando al techo.

- No sé cómo lo haces – dijo – pero te apañas para sacar a flote mi lado más salvaje.
- Será porque ese lado me encanta – respondí.
- Ya, ya – dijo ella con media sonrisa.
- Aunque, bien mirado... Me encantan todos tus lados.

Dickie sonrió con el piropo, e incorporándose un poco me dio un tenue besito e los labios.

- Eres muy galante – dijo satisfecha.
- Gracias.
- Aunque... eso de que me llames zorra... – siseó.
- Y tú a mí cabrón... – respondí en idéntico tono.

Entonces me di cuenta de la marca que sus dientes habían dejado en su brazo y me asusté.

- ¡Joder, Helen! ¿Pero qué has hecho?

Me arrodillé a su lado sosteniendo su brazo, dispuesto a examinar la herida (pues se había hecho hasta un poquito de sangre).

- Tranquilo – me dijo – No es nada.
- ¿Nada? ¡Pero si hay sangre!
- Te digo que no es nada – dijo liberando su brazo.
- Estás un poco loca – dije resignado.
- Cierto, esto de acostarme con un crío...

Era hábil cambiando de tema, me zahería un poco para dejar de lado lo que la incomodaba.

- ¿Un crío? Creía que habías dicho que era un hombre – dije algo molesto.
- ¿Un hombre? ¿Tú? Aún te queda bastante, nene.
- ¿En serio? ¿Qué me falta?
- Cuando tengas la polla así – dijo separando las manos y marcando una distancia de unos 30 centímetros – ven a hablar conmigo.
- No creo que nunca la tenga así – dije callándome súbitamente.

Una sorprendente idea acababa de ocurrírseme, por lo que me quedé callado unos segundos.

- Oye, ¿estás bien? – dijo Dickie rompiendo el hilo de mis pensamientos - No te habrás molestado, ¿no?
- ¿Qué? – dije despertando – No, Helen, no, es sólo que me acordé de algo, pero no tiene importancia.
- ¿El qué?
- Nada, nada.

Ella percibió que yo no quería seguir por ahí, así que cambió de tema.

- Bueno, y ahora qué hacemos.
- Podríamos seguir ¿no? – dije ilusionado.
- ¿Y las clases? – preguntó juguetona.
- Pues en ella estamos. ¡Reconoce que es la mejor clase de anatomía que jamás hemos dado!
- Bueno... La verdad es que es la mejor clase de cualquier cosa que jamás hayamos dado – dijo ella.

Ambos reímos con ganas.

- Vale, señorito – dijo Helen - ¿Y cómo vamos a seguir si esto se ha muerto?

Mientras decía esto, llevó su mano hasta mi mustio miembro y le dio un cariñoso apretón, que hizo que la sangre se reactivara en mis venas.

- ¿Muerto? ¡Qué va! Sólo está descansando, y apuesto a que tú serás capaz de despertarle.
- Veámoslo.

Dickie se giró, quedando tumbada boca abajo. Reptando, se ubicó entre mis muslos, quedando su cara muy cerca de mi expectante pene. Tímidamente, llevó una mano hasta él, y, estirando un dedo, comenzó a darle delicados golpecitos.

- Despierta, pajarito, que mamá ya está de vuelta...

Los golpes no me gustaron mucho, pero sentir su aliento tan cerca hizo que mi polla se enervara levemente.

Lentamente, Dickie acercó aún más su cara y, sacando la lengua, comenzó a lamerla con dulzura, mientras su mano jugueteaba inquieta con mis bolas. Aquello era delicioso, pero a mí me apetecía mucho en aquel momento besar a aquella mujer, agradecerle todo lo que había hecho por mí, así que, apoyando una mano en sus hombros, le indiqué que se incorporara.

Ella se dejó llevar, levantándose hasta quedar sentada junto a mí, mirándonos a los ojos. Y empezamos a besarnos, con lujuria y pasión, pero también con cariño y amor. Su mano no se separó de mi pene, así que, mientras nos besábamos, ella siguió acariciándomela y cuando obtuvo volumen suficiente, comenzó a pajearla con destreza, hasta ir poco a poco devolviéndola a su máxima expresión.

Estuvimos así un buen rato, con nuestros labios pegados, allí sentados bajo el dintel de la puerta, amándonos el uno al otro, hasta que comprendí que si seguíamos así me iba a correr en su mano.

- Shhhht, para – dije rompiendo la magia del momento – Vas a hacer que me corra.
- Y es muy pronto para eso ¿eh? – dijo dándome un tierno piquito.

Con sensualidad innata, Helen se puso de pié y ofreciéndome la mano, me ayudó a incorporarme también. Mi pene bamboleaba libre, surgiendo exultante entre mis piernas. Helen lo miró divertida y me guiñó un ojo. Después caminó hacia su cama, sin soltarme de la mano.

Una vez junto a ésta, hizo que me sentara sobre el colchón, justo al borde y se colocó frente a mí. En ese momento se entretuvo en quitarme los pantalones, que aún llevaba puestos y me dejó desnudo como ella. Abrió entonces las piernas y se situó a horcajadas sobre mi regazo, con los pies en el suelo, dispuesta a penetrarse con mi falo.

- ¿Estás listo? – susurró.

Yo asentí con la cabeza.

Mientras yo mantenía en vertical mi polla con mi mano, Helen se abría bien los labios del coño con la suya, de forma que la penetración salió perfecta, hasta que la chica quedó sentada en mi regazo, mi picha bien enterrada en su interior.

El suspiro que dio hizo que me temblaran las rodillas, aunque eso daba igual pues ella misma soportaba su peso con los pies bien firmes en el suelo. Lentamente, comenzó a subir y bajar su cuerpo, empalándose muy despacio con mi hombría, disfrutando del sexo en profundidad, paladeando el momento.

Yo, tras unos momentos de adaptación, le cogí el ritmo a aquello y me dediqué a disfrutar. Como Helen pesaba bastante más que yo, mis manos permanecían a mi espalda, apoyadas en el colchón, actuando como pilares para no caer, así que no disponía de manos para sobar sus prietas carnes, pero mi boca estaba libre, así que estiré el cuello, de forma que cuando la chica bajaba y quedaba sentada sobre mí, nos besábamos con pasión, y cuando subía desclavándose, eran sus pechos los que eran besados y lamidos por mi inquieta boca.

Estaba siendo un polvo alucinante, pero la postura era muy cansada para los dos, así que pronto cambiamos. Yo me eché para atrás quedando sentado en medio del colchón y ella volvió a sentarse sobre mí, pero esta vez estiró las piernas hacia mi espalda, doblándolas tras de mí. Así quedaba sentada en mi regazo y yo, también incorporado, quedaba pegado a ella. Nos abrazamos con fuerza y volvimos a besarnos, acariciándonos mutuamente espalda y trasero.

La verdad es que yo no comprendía cómo íbamos a follar en esa postura, pues yo, debido al peso de la chica, no podía moverme y ella, al no tener las rodillas apoyadas en el colchón tampoco podía hacerlo.

Pero claro, era un error dudar de Helen en materia de sexo; simplemente comenzó a mover adelante y atrás las caderas, cadenciosa y regularmente. Imagínense una bailarina de la danza del vientre haciendo su número directamente sobre su polla y me entenderán; aquella mujer tenía más resortes de lo normal.

Era delicioso sentir aquellas caderas bailando sobre mí, mientras su dueña y yo nos comíamos la boca el uno al otro; era muy placentero, pero un placer más dulce y relajado que el frenesí de antes.

Seguimos y seguimos hasta que noté que me corría. Me pilló casi de sorpresa, tan concentrado estaba en paladear aquel sexo tan delicado, así que tuve que forcejear bruscamente para quitarme a Helen de encima.

La chica, algo sorprendida, aterrizó de culo sobre el colchón, mientras yo, resoplando, me corría sobre las sábanas.

- Eres un guarro – dijo riendo – Mira cómo lo has puesto todo.
- Lo... lo siento – farfullé.
- No te preocupes – dijo besándome en le frente.

Se levantó y se puso en pié, estirando los brazos para desentumecerse. Entonces caí en la cuenta de que Dickie no había alcanzado el orgasmo.

- Helen – la llamé.
- ¿Ummm?
- ¿Te has corrido?

Ella me miró sorprendida y contestó:

- Eso no se le pregunta a una dama.
- Hay muchas cosas que no deben hacérsele a las damas – exclamé.

Mientras lo decía me incorporé de un salto, y me abalancé sobre Dickie, quien, dando un gritito de sorpresa, escapó de mí corriendo hacia la otra habitación (ya saben, cuando uno persigue, el otro huye).

Yo comprendía instintivamente que aquel sexo dulce y aterciopelado no era el favorito de Helen, a la que le gustaba la caña bien dura, pero ella, deseosa de complacerme, había optado por ese otro sistema, que aunque había estado bien, no había logrado llevarla al clímax. Y yo no podía consentirlo.

- ¡Ven aquí nenaaaaa! – siseaba yo.

Y ella, dando grititos enloquecidos correteaba en pelotas por la estancia. Yo la perseguía, simulando no poder atraparla, mientras que lo erótico de la situación volvía a despertar mis instintos (y mi falo).

En cierto momento Helen se situó a un lado de la mesa y yo quedé al otro, de forma que si yo iba por un lado, ella se iba en dirección opuesta, manteniendo la mesa en medio. Pero yo no estaba ya para juegos, así que, de un salto, me lancé por encima de la mesa, para atraparla, olvidando la inestabilidad del mueble, con lo que logré estamparme contra el suelo.

- ¡Ay, Dios mío! – exclamó Helen, espantada.

Yo me quedé aturdido un segundo, más por lo inesperado del golpe que por otra cosa, pero enseguida tuve encima a mi profesora, que, muy preocupada, acudía a socorrerme.

Así que aproveché el momento de descuido para arrojarme sobre ella, agarrándola de todas partes, en una repetición de la escena de un rato antes.

- ¡Ay, cabrón! – gritó Helen sobresaltada.

Ella se defendía de su atacante, pero éste sabía muy bien de dónde agarrar y estrujar. La pobre chica no sabía cómo defenderse (si es que en realidad quería hacerlo) y en pocos segundos logré tumbarla boca arriba, con mi cuerpo recostado contra el suyo. Por fin, logré sujetar sus manos contra el suelo, quedando sentado sobre su estómago, usando mi peso para inmovilizarla.

- Ya te tengo – exclamé.
- ¡Ah, maldito! – dijo ella con tono melodramático - ¡Me has engañado!
- ¿Engañarte? ¡Me he caído de verdad!
- Oh, lo siento – dijo ella con expresión preocupada - ¿Te has hecho daño?
- Nada que tú no puedas curar.

Al estar sentado sobre ella, mi picha había quedado justo entre sus pechos, así que yo, muy lentamente, comencé a mover el culo de delante a atrás, deslizando mi falo entre sus ubres.

- Como me la acerques te la muerdo – dijo Dickie mientras miraba cómo mi polla se deslizaba entre sus pechos.

Yo, juguetón, eché el culo muy hacia delante, acercando la punta de mi polla a su boca y ella, siguiendo el juego, lanzó una dentellada, simulando querer morderla.

- Bueno, bueno – dije yo tras poner a salvo mi anatomía – Veo que no es ahí donde la quieres...
- Je, je – rió Helen.
- Bueno, habrá que buscar otro hueco, húmedo y... sin tantos dientes.

Deslicé las caderas hacia atrás, hasta quedar de nuevo tumbado sobre ella. Helen, consciente de mis intenciones, separó los muslos, dejándome franco el acceso, y yo, con la habilidad que me daban todos los polvos que ya había echado, la penetré.

Y comencé a follármela de forma salvaje, nada de dulzuras, agarrándome a sus tetas como si la vida me fuese en ello, chupándole el cuello con violencia, besándola con frenesí.

Ella aprovechaba los escasos segundos en que mi boca liberaba la suya para gemir y gritar a los cuatro vientos el enorme placer que estaba sintiendo. Aquello era lo que le gustaba a Dickie.

- Sí, así Oscar, dame... ¡DAME MÁAAAAS! – aullaba.

Y yo la obedecía.

Supongo que el anterior polvo cadencioso la había dejado más próxima al orgasmo de lo que yo creía, pues me costó menos de un minuto lograr que se corriera.

- ¡MECORROMECORROMECORROOOOOOO! – gritaba.

¡Cómo se ponía! ¡Iba a estallar! Su coño estaba al rojo, empapado en sus flujos, sufriendo espasmos devastadores, pero yo, lejos de relajarme, redoblé mis esfuerzos martilleándolo, preocupado tan sólo de meter, sacar, meter, sacar, como un émbolo humano.

Personalmente, aquel estilo de sexo no me apasionaba, pues apenas podía sentir lo que hacía, pero Dickie necesitaba que le dieran con todo, cuanto más mejor, y el simple hecho de verla (y sentirla) absolutamente enloquecida y cachonda, me provocaba un impresionante placer sensorial.

Logré llevarla al clímax una o dos veces más antes de alcanzar mi propia cima. Justo al límite, se la saqué del coño y me corrí sobre su vientre, manchándolo todavía más.

Ya no podía más, derrengado, me derrumbé sobre el cuerpo de la institutriz, con el rostro hundido entre sus tetas, notando su respiración acelerada y los vertiginosos latidos de su corazón. Ella, por fin plenamente satisfecha, acariciaba dulcemente mi cabeza, dándome en silencio las gracias por la fenomenal sesión que acababa de propinarle.

Cuando reuní fuerzas suficientes, me quité de encima, quedando tumbados juntos, recuperando el resuello.

- Po... por fin te atrapé – siseé.

Helen se echó a reír.

Como una hora después, un Oscar absolutamente radiante salió de la habitación de su severa institutriz, tras una provechosa mañana de estudio.

Durante los siguientes días no sucedió nada especialmente reseñable. Tuve varios encuentros con las criadas, claro, pero ninguno tan significativo (o espectacular) como el de Mrs. Dickinson, así que no les aburriré con los detalles. Sólo decirles que si alguna chica se había ofendido por mi renuencia de los últimos días, les aseguro que después quedó plenamente satisfecha.

Bueno, continuemos con la historia. Como una semana después del levantamiento del castigo, mi abuelo nos sorprendió durante el almuerzo diciendo que había comprado unos regalos para sus nietos.

Aquello no era nada raro, pues mi abuelo era hombre generoso, pero sí era extraño que lo anunciara con antelación, pues habitualmente le gustaban las sorpresas. Todos le insistimos en que nos dijera qué eran, pero se mantuvo en sus trece de no decir ni pío, limitándose a sonreír complacido cuando le interrogábamos.

Durante dos días nos tuvo en vilo, hasta que por fin, llegó de la capital un carro con nuestros regalos: 4 bicicletas.

Hoy en día eso no les parecerá gran cosa, pero en aquellos tiempos era un regalo espectacular. Además, había comprado unos vestidos para las chicas, que, como siempre, parecían volverse locas con los trapos.

Según nos dijo, la idea inicial era comprarme la bici a mí y la ropa para las niñas, pero pensó que quizás se sintieran celosas y había adquirido una para cada uno.

Les juro que durante los siguientes días follé bastante poco, pues como cualquier chico de 12 años quedé deslumbrado por el artilugio, y me dediqué con ahínco a aprender a montar en él.

Y claro, durante un par de días me pasaba más tiempo levantándome del suelo y escupiendo tierra que haciendo cualquier otra cosa.

Es cierto que yo disponía de caballos, que me podían llevar a donde quisiera y con menos esfuerzo, pero la bici era algo nuevo y fascinante, y yo, testarudo como una mula, había decidido aprender a montar en ella como fuera.

Las chicas también practicaron, pero como seguían enfadadas lo hacían bastante lejos de mí, o durante las horas en que yo asistía a clase. Eso sí, la diferencia de entusiasmo entre ellas y yo con los nuevos juguetes era abismal.

Finalmente logré controlar bastante bien el aparatito, haciendo demostraciones de dominio ante mis padres, que me miraban satisfechos. Seguro que ambos encontraban aquella afición mucho más apropiada para mí que las otras que yo tenía, por lo que ambos felicitaban efusivamente al abuelo por la gran idea que había tenido.

Entonces a mi padre se le ocurrió salir el domingo siguiente de excursión, de picnic, y así podríamos aprovechar para dar un largo paseo en bicicleta.

A todo el mundo le pareció una gran ocurrencia, así que nos encargamos de los preparatorios. Los adultos irían en un carro, con las cestas de comida y demás enseres, aunque tanto papá como el abuelo anunciaron que se llevarían sus caballos. Y claro, los chicos teníamos que ir todos en bicicleta, para estrenarlas, aunque eso a las chicas no les hizo mucha gracia, pero obviamente, no podían negarse para no hacerle el feo al abuelo por su regalo.

Durante el resto de la semana, Marina, Marta y Andrea tuvieron que aumentar los entrenamientos en bici, porque el domingo les esperaba una buena prueba. Yo, en cambio, ya dominaba el vehículo con soltura, y me moría de ganas de darme un buen paseo en él, pues hasta entonces no me había apartado mucho de la casa.

Por fin llegó el domingo, y salimos temprano. Como he dicho mamá y tía Laura iban en el carro, guiado por Nico, mientras que papá y el abuelo iban juntos a caballo, charlando. Las chicas, todas en bici como yo, pero no me hacía muchas ilusiones de ir acompañado esa mañana, pues las tres se dedicaban a ignorarme completamente.

Comprendía lo de Marta y Marina, pero ¿qué le pasaba a Andrea? Que yo supiera, a ella no le había hecho nada. Bueno, qué se le iba a hacer, decidí disfrutar cuanto pudiera del paseo.

Pero por mucho que yo quisiera, mi vista se perdía enseguida en busca de alguna de aquellas preciosidades. Marta y Marina iban vestidas de forma similar, con pantalones bombachos y camisa, vestuario muy apropiado para la bici. Andrea en cambio llevaba un vestido blanco con florecillas azules estampadas, muy bonito para sentarse en el campo sobre una manta, pero totalmente inapropiado para montar en bicicleta. Traté de hablar con ella para decírselo, pero en cuanto me acerqué, se dio media vuelta dejándome con la palabra en la boca.

Una vez estuvo todo listo, nos fuimos, despidiéndonos de Helen, que era la única que iba a quedar en la casa, pues las demás criadas habían recibido el día libre.

Yo me situé pronto a la cabeza del convoy, procurando mantenerme lejos de las chicas que iban detrás, pedaleando con fuerza y adelantándome bastante, para después disminuir el ritmo y dejar que me alcanzaran.

Todos sabíamos adónde nos dirigíamos, al antiguo “prado del tío Evaristo”, una zona que quedaba a un lado del camino y cerca del río, con una gran extensión de hierba. Era un lugar precioso, aunque un poco alejado de la casa, como a unos 10 kilómetros más o menos.

Seguimos así durante un rato, yo ensimismado en mis pensamientos y disfrutando enormemente del paseo, hasta que, de pronto, mi padre me llamó desde atrás.

Sin darme cuenta, me había adelantado bastante, así que supuse que quería llamarme al orden, para que no me desmadrara demasiado, no fuera a perderme, así que me detuve. Pero no era así.

Observé que mi familia también se había detenido, así que me vi obligado a pedalear de regreso junto a ellos.

- ¿Qué pasa? – pregunté una vez los hube alcanzado.

Todos miraban hacia atrás, hacia el camino que habíamos andado. Fue entonces cuando me di cuenta de que Andrea no estaba con el grupo.

- ¿Y Andrea? – insistí.
- No lo sabemos – respondió mi madre – Se ha quedado atrás y hace un rato que no la veo.
- Sí, deberíamos volver a buscarla – dijo tía Laura.
- No te preocupes mamá – intervino Marta – Antes dijo algo de recoger unas flores. Seguro que está por ahí entretenida.
- Sí, bueno – concedió su madre – Seguro que es así, pero yo no voy tranquila si no sé dónde está. A lo mejor se ha caído o algo.
- Vamos, vamos Laura, no dramatices – dijo el abuelo – Seguro que Marta tiene razón.

A pesar de la serenidad del abuelo, noté cierto aire de preocupación en el ambiente, pero la cosa no fue a mayores, pues, viendo como estaba el asunto, el abuelo se apresuró a tranquilizarnos.

- Venga, no os preocupéis que andará por ahí tratando de llevar la bici con ese vestido que se ha puesto. Ya le dije esta mañana que no era muy apropiado para la excursión, pero no me hizo ni caso.
- Sí, es verdad – asentí yo – debería haberse vestido como vosotras.

Mientras decía esto señalaba a Marta y Marina, las cuales, por una vez, no hicieron gesto alguno de desagrado mientras les hablaba, supongo que un tanto preocupadas por Andrea.

- Sí papá, ya lo supongo, pero aun así... – insistió mi tía.
- Mira, Laura, si te vas a quedar más tranquila, volveré a buscarla. Seguro que no está lejos. Seguid vosotros hasta el prado que yo volveré enseguida. Sólo faltan tres kilómetros. Id preparándolo todo que yo volveré pronto.

En ese instante se me ocurrió una idea. ¿Por qué no iba yo? Así me libraría de tener que ayudar a preparar el picnic y podría pedalear un rato a solas, sin padres vigilantes, cosa que estaba deseando.

- Espera abuelo – les interrumpí – podría ir yo mejor.
- ¿Tú? – dijo mi madre sorprendida – De eso nada.
- Venga mamá, que se trata sólo de desandar un poco el camino. Y ya ves lo bien que llevo la bici. No va a pasarme nada.
- Pero...
- Por favor... – rogué.
- Es que... eres demasiado joven.
- Venga mamá, si me conozco este camino como la palma de mi mano. He venido por aquí con Niebla mil veces. Además, así podré montar un rato más en la bicicleta...

Ella aún dudaba, pero me encontré con un par de inesperados aliados.

- Venga Leonor, déjale. Así me ahorraré el paseo, que ya me duele el trasero de ir aquí montado – dijo mi abuelo.
- Sí, cariño, dejémosle. Además le vendrá muy bien hacer ejercicio – intercedió mi padre.

Nos quedamos todos callados un momento, mirándonos. Nadie dijo nada, pero yo podía adivinar lo que estaba pasando por sus mentes. Todos creían que yo planeaba alguna de mis trastadas con Andrea (aunque juro por Dios que no era así, como ya se verá) y cada uno tomaba partido por su bando. El abuelo me apoyaba para echarme una mano y mi madre, temerosa de lo que yo era capaz de hacer, se resistía.

Probablemente mi padre era el único al que no se le cruzó aquello por la imaginación, y simplemente trataba de que me aficionara a la bici, como cualquier chico de mi edad, y dejara de lado mis otras aficiones (un poco iluso el pobre).

Por fin, mi madre suspiró resignada, concediéndome su permiso.

- Bueeeeeeno. De acuerdo – concedió al fin.
- ¡Gracias! – exclamé ilusionado.

De un salto, bajé de la bici y me encaramé en el carro para darle un sonoro beso en la mejilla a mi madre. Mientras bajaba, pude oír cómo murmuraba:

- Que sea lo que Dios quiera.

Con rapidez, volví a la bici, dispuesto a ir en busca de mi prima. Me subí y alcé la vista, despidiéndome de todos. Fue entonces cuando mi mirada se encontró con la de Marta, cuyos ojos llameaban. Sin duda ella también pensaba que yo andaba maquinando algo. Sacudí la cabeza, resignado y comencé a pedalear. Cuando pasé junto al abuelo, me detuvo unos segundos para darme un par de consejos.

- Ten cuidado. Y date prisa en volver que tu tía está preocupada ¿eh?
- Tranquilo – respondí.

Y me marché con rapidez, sin volver la vista atrás. Iba bastante emocionado, porque era la primera vez en mi vida que me asignaban una tarea de adulto, con cierta responsabilidad y me encargaban hacerla a mí solo, sin nadie vigilándome. Sé que suena un poco egoísta, pero lo último en que yo pensaba era en Andrea. Sólo esperaba tardar un rato en encontrarla, para poder disfrutar así de mi libertad.

Regresé por el camino durante cinco minutos más o menos, (muy poco para mi gusto) hasta que vi una silueta conocida sentada sobre una piedra a un lado del camino. Su bici estaba cerca de ella, apoyada contra un árbol. Al ver que me acercaba, Andrea se puso de pié, y miró hacia mí usando su mano como visera, pues el sol le daba en la cara. Al aproximarme, pude ver su expresión de sorpresa al comprobar que era yo el que acudía en su rescate.

- ¿Se puede saber qué haces tú aquí? – me espetó secamente mientras yo detenía mi bici a su lado.
- Vaya, buenos días – respondí un tanto picado – No te molestes en darme las gracias por haber venido a buscarte, que no ha sido nada.

Ella se calló un segundo, sorprendida por mi respuesta.

- Pero si tanto te molesta que haya venido... – continué – Pues nada, me vuelvo enseguida. Dime, ¿le digo a los demás dónde estás o prefieres quedarte aquí hasta que volvamos a casa?
- Vale, vale, perdona – dijo un poco arrepentida – Es que esperaba que vinieran a por mí con el carro, o al menos con un caballo...
- ¿Qué pasa? ¿Hay que llevarte? ¿Ya te has hartado de la bici? Ya te dije que ese vestido iba a resultarte incómodo... – dije atropelladamente, contento de que finalmente, se hubiese demostrado que yo tenía razón.
- No, no es eso, idiota – dijo Andrea con finura – No sé qué le pasa a ese trasto, pero una rueda está totalmente desinflada.

Me bajé de mi bici y le puse la patilla para que se sostuviera en pié. Con aire de entendido, me acerqué a la de Andrea, notando rápidamente que el problema era un pinchazo.

- Has pinchado una rueda – sentencié.
- ¿Yo? – exclamó Andrea indignada - ¡Oye, que yo no he roto nada! Además ¿con qué iba yo a pincharla?

Sorprendido por el profundo nivel de conocimiento de mi prima en materia de bicicletas, no pude menos que echarme a reír.

- A ver, gilipollas – exclamó Andrea enfadada - ¿Se puede saber de qué te ríes?

Oír a mi educada primita insultarme tan despreocupadamente hizo que me riera todavía más, acentuando por supuesto el enfado de ella.

- ¡Niño! – dijo dándome un fuerte coscorrón - ¡Que no te rías!

Se notaba que no estaba realmente enfadada, pues en su rostro se veía cómo una sonrisa pugnaba por dibujarse, aunque ella intentaba seguir aparentando enfado.

Poco a poco, fui calmándome y logré explicarle a la chica lo que era un pinchazo y que ella no tenía la culpa de nada.

- Vale, hijo, vale. Ya lo entiendo. Y qué querías, si yo no sé nada de estos malditos cacharros.
- Si hubieras practicado más... – le dije – Esta semana yo he pinchado tres o cuatro veces.
- Vaya, que eres todo un experto.
- Bueno...

En ese momento me quedé mirándola fijamente. No sé por qué, pero en ese instante me di cuenta de lo increíblemente hermosa que era Andrea. Un súbito calor recorrió mi cuerpo, haciendo que mi rostro se ruborizara. Azorado, aparté la vista.

Andrea me miraba extrañada, sin saber qué decir, así que yo, para acabar con aquel incómodo silencio, dije lo primero que se me ocurrió:

- Bueno, por lo menos ya me hablas.

Aquello tuvo la virtud de romper el encanto del momento. Andrea enseguida volvió a ponerse a la defensiva, mostrándose hostil conmigo.

- Vale, experto ¿y ahora qué hacemos? – me dijo.
- Pues... No sé. Aquí es imposible arreglar el pinchazo.
- ¿Y? – insistió ella.
- ¿Y qué? – repliqué un poco enfadado – No es culpa mía que se haya pinchado la rueda. Habrá que llevarte de alguna forma para allá.
- De acuerdo – dijo ella – Ve a buscar a Nicolás con el carro y que venga a por mí.
- ¿Y te vas a quedar aquí esperando?
- Pues claro.
- Pues va a ser como una horita al sol. Entre que llego al prado, descargan el carro y vienen a por ti...
- ¿Qué sol? – dijo Andrea – Si se está nublando.

Sorprendido, alcé la vista y constaté que tenía razón. El día, que amaneció soleado, se estaba nublando rápidamente.

- ¡Joder! – exclamé – Es verdad. Va a llover dentro de poco.
- Pues ya puedes darte prisa – dijo Andrea sentándose de nuevo en la roca.
- Andrea – dije tratando de ser razonable – Si te quedas aquí te vas a poner hecha una sopa. Móntate atrás en la bici y vamos al prado. Seguro que Nicolás ya ha puesto los toldos del carro, y si llueve, podremos meternos dentro.
- ¿Cómo? ¿Montarme contigo en ese trasto? Nos la pegamos seguro – dijo despectiva – Además, si me subo yo seguro que no puedes ni moverla.
- Qué va Andrea – dije muy seguro de mí mismo – Móntate y verás como puedo llevarla sin problemas.
- Sí claro, ni loca. Niño, te digo que no ibas a poder conmigo.

Que me llamara niño me molestó bastante, así que mi boca respondió con rapidez, antes de que mi cerebro buscara una frase más adecuada.

- ¿En serio? Te aseguro que he manejado a mujeres mucho más grandes que tú. Y lo he hecho sin problemas.

Andrea enrojeció hasta la raíz de los cabellos, con los ojos brillantes de enojo. Había metido la pata hasta el fondo.

- Niño, he dicho que te vayas a buscar a Nicolás. Yo espero aquí.

Apesadumbrado, empecé a pedalear alejándome de allí. Pero entonces, recordé cómo estaban de mal las cosas con Marta y Marina. No podía permitir que Andrea se enfadara conmigo también, así que di media vuelta y regresé a su lado. Ella, enfurruñada, ni siquiera me miró mientras bajaba de la bici y me sentaba a su lado.

- Andrea, yo... – balbuceé – Lo siento. No pretendía decir nada así, pero es que me has enfadado. Chica, yo sólo quería ayudarte y me has recibido de uñas...
- Te he dicho que te vayas.
- Venga, no seas tonta. Sabes que tengo razón. Si te quedas aquí vas a pillar un resfriado de aúpa. Ven conmigo.
- Que me dejes.
- Andrea, mírame – dije poniendo mi mano en su barbilla y atrayéndola hacia mí - ¿Se puede saber por qué estás enfadada conmigo? Que yo sepa a ti no te he hecho nada, pero últimamente me tratas con la punta del pié.
- Es cierto – exclamó ella con ojos furiosos – A mí no me has hecho nada... ¿Pero y a Marta?

Me quedé helado. Marta se lo había contado todo.

- ¿Te lo ha contado? – susurré.
- ¡Sí!
- Bien – dije resignado – Tienes razón. Quizás no me haya portado del todo bien con tu hermana, pero tampoco soy el cabrón sin entrañas que pareces creer. Sólo te diré una cosa. Aquel día, junto al río, había dos personas deseosas de estar juntas. Yo no engañé a Marta en absoluto, le expliqué las cosas tal como eran. Lo pasamos maravillosamente juntos, y si ya no es así es porque no estoy dispuesto a que se peleara de por vida con Marina por mi culpa.
- ¡Marina! Otra a la que has tratado espléndidamente.
- Sí. Las he tratado mal. Pero al menos ahora vuelven a ser amigas. Y de esta forma soy yo el único que sufre.

Me sentía fatal. No veía solución a los problemas que tenía con las chicas, y ahora, por si fuera poco, me había peleado también con Andrea. Sentí que las lágrimas acudían a mis ojos, pero no quería que mi prima me viera llorar. Acongojado, me subí a mi bici dispuesto a marcharme en busca de Nico. Se me habían quitado las ganas de excursión.

- Espera – dijo Andrea.
- ¿Qué quieres? – dije dándole la espalda a mi prima.
- Tienes razón. Va a llover.

Algo en su tono de voz me hizo comprender que estaba, aunque fuera un poco, conmovida por mis palabras. Sin añadir nada más, Andrea se puso en pié y se subió a la bici detrás mío, sentándose en la rejilla que llevaba sobre la rueda trasera. Sentí sus manos sujetándose a mi cintura, lo que provocó un ligero escalofrío por mi espalda.

- Venga vamos.

Con esfuerzo (tuve incluso que ponerme de pié sobre los pedales), logré hacer que la bici arrancara. Como sospechaba, una vez puesta en marcha la cosa era mucho más sencilla, pues la inercia jugaba a mi favor. Sin embargo, la bici cabeceaba un poco, pues iba desequilibrada, ya que mi prima no iba sentada a horcajadas sobre la rejilla, sino que iba de lado, con las piernas hacia un costado, como las amazonas inglesas van a caballo.

- Oye – conseguí decir - ¿No podrías sentarte como yo, a horcajadas?
- ¿Está loco? ¿Con este vestido? ¿Qué quieres, que se me vea todo?

Ese simple comentario me excitó terriblemente. Era inocente, pero jamás había oído a Andrea decir algo parecido. Súbitamente fui consciente de la situación, yo, allí con mi hermosa prima abrazada a mi cintura, sintiendo sus cálidos senos apoyados en mi espalda. La bici se tambaleó más.

- Ten cuidado – dijo Andrea.
- Sí.

Seguimos un par de minutos, ya estábamos cerca del punto en que me separé de la familia, cuando de pronto, un trueno restalló en el cielo.

- ¡Me cago en la puta! – exclamé.
- ¡Niño! ¡Esa boca!

Nunca sabré a santo de qué vino que Andrea se molestara por mi lenguaje, pues sabiendo lo que sabía de mí, aquello era una gota en medio del mar. Sin embargo ella decidió que sería una buena idea darme un coscorrón, justo cuando me costaba más controlar la bici.

Al suelo.

Los dos caímos cuan largos éramos, en un revoltijo de piernas, brazos y bicicleta. Yo me golpeé el pecho con el manillar, quedándome momentáneamente sin resuello. Andrea por su parte, cayó de bruces, haciéndose rozaduras en las rodillas y en las palmas de las manos. A pesar de lo aparatoso del accidente, mi calenturienta mente no pudo sino lamentar que el vestido no se le hubiera subido un poco a mi prima.

- ¿Estás bien? – dije recuperando el aire y poniéndome en pié.
- ¿Que si estoy bien? ¡Mira lo que me he hecho! – gritó enseñándome las manos llenas de rasguños - ¡Por tu culpa! ¡Ya te dije que no ibas a poder con lo dos!
- ¿Por mi culpa? ¡Oye que íbamos perfectamente bien hasta que me has pegado! ¿Es que te has vuelto loca?

Ninguno de los dos dijo nada más, simplemente nos miramos furiosos. Andrea fue la primera en apartar la mirada, tratando de ponerse en pié, pero al intentarlo, noté que se resentía de un tobillo, así que volvió a caer de culo al suelo.

- ¡Ay! – exclamó.
- ¿Qué te pasa?
- El tobillo... – dijo frotándoselo – Me duele...
- A ver... déjame echar un vistazo.

Debía dolerle de verdad, pues no protestó cuando me arrodillé frente a ella y examiné su tobillo. Yo no entendía mucho de torceduras en seres humanos, aunque me había encargado de muchas en los caballos.

Entonces ocurrió lo inevitable conmigo. En cuanto me puse a examinar su pierna, mis ojos se perdieron rodilla arriba, tratando de atisbar la intimidad de mi prima por el estrecho hueco que dejaba la falda del vestido. Logré vislumbrar durante un segundo un triángulo de tela de color claro, con lo que una ola de calor recorrió mi cuerpo.

Avergonzado por estar siempre pensando en lo mismo, aparté la mirada de allí, encontrándome con los ojos de Andrea, que sin duda se había dado cuenta de lo que había pasado, pero, para mi sorpresa, no dijo nada.

Atropelladamente me puse a hablar, ruborizado al máximo.

- Sí – confirmé balbuceando – Te lo has torcido. Mucho me temo que se te va a hinchar.
- ¡Mierda! – exclamó mi primita - ¡Vaya suerte tengo!

Entonces yo aproveché para quitarle tensión a la situación dándole un leve coscorrón a mi prima.

- ¡Niña! ¡Esa lengua!

Ella alzó la mirada, sorprendida por mi forma de actuar. Afortunadamente, se echó a reír.

- Vale, vale, ya lo pillo – dijo ella - ¿Y ahora qué hacemos?
- Vamos a ver cómo está la bici – dije.

Estaba hecha polvo. Se habían partido varios radios de la rueda delantera y además se le había salido la cadena. Imposible utilizarla.

- No sirve para nada – dije apartándola a un lado del camino.
- ¿Y qué hacemos? – repitió Andrea.

Aquello me gustó, ella era la mayor de nosotros y sin embargo era yo el que quedaba al mando.

- Un segundo – dije – Déjame pensar.
- Vale.

Permanecimos en silencio un par de minutos, hasta que la solución se me ocurrió.

- Espera, Andrea, tengo una idea.
- Dime.
- Verás, un poco más adelante, a un lado del camino hay un refugio de cazadores. No es nada del otro mundo, apenas un techo hecho de ramas, pero servirá.
- ¿Y tú cómo lo sabes?
- He venido a cabalgar muchas veces por este sitio. Además, el señor Benítez comenta que lo usa mucho cuando va de cacería.

Al oír mencionar el apellido Benítez, la cara de mi prima se tensó visiblemente. Yo, por delicadeza, hice como si no me hubiera dado cuenta.

- Si logramos llegar hasta allí estarás resguardada de la lluvia durante un rato – continué.
- ¿Que estaré resguardada? ¿Y tú que vas a hacer?
- Seguiré caminando hasta el prado del tío Evaristo y volveré con ayuda. Es lo mejor que se me ocurre.
- No, si el plan es bueno, pero... ¿cómo voy a llegar hasta ese refugio? ¿Está muy lejos? Yo no puedo andar...
- Bueno... No está demasiado lejos, así que creo que podría llevarte yo a caballito.
- ¿Tú? – dijo riendo Andrea – Imposible. No vas a poder conmigo.
- Ya, y tampoco iba a poder con la bici – respondí un tanto enfurruñado.
- Oscar, no te enfades – dijo mi prima, conciliadora – No me estoy metiendo contigo, es sólo que peso bastante más que tú y no vas a poder...
- Bueno, quizás tengas razón. Mira, ponte de pié y apóyate en mí. A la pata coja podremos ir un rato. Cuando te canses intentaremos subirte a mi espalda. Lo que no podemos hacer es quedarnos aquí, va a llover de un momento a otro.

Como para corroborar mis palabras, un nuevo trueno retumbó en el aire.

- Sí, tienes razón – dijo ella – Además, si seguimos camino adelante es muy posible que nos encontremos con esta gente de regreso. No creo que vayan a quedarse en el prado amenazando lluvia.
- Es verdad – asentí.
- Anda, ayúdame a levantarme – dijo Andrea estirando sus manos hacia mí.

Yo las agarré y tiré con fuerza. Andrea era sorprendentemente ligera, así que estuve totalmente seguro de poder con ella. La chica, torpemente, se apoyó en mi hombro y, lentamente, seguimos nuestro camino, con mucho cuidado de que Andrea no apoyara su tobillo lastimado en el suelo.

Yo veía el rictus de dolor en el rostro de Andrea con cada saltito. Se había lastimado bien. Callé durante un rato, pues estaba claro que ella no quería que su primito pequeño la llevara a cuestas, pues le daba vergüenza, pero finalmente, no aguanté más y, deteniéndome, le dije:

- Andrea, súbete en mi espalda. Así no vamos a llegar nunca.
- Oscar, que no vas a poder...
- Intentémoslo. Pero así no podemos seguir. Te vas a hacer más daño.
- Que no.
- ¡Ahora! – exclamé.

Me di la vuelta, quedando de espaldas a Andrea que se sujetaba como podía a mi hombro para no caerse.

- Serás... – masculló.
- ¡Súbete ya, niña!

Por fin, con un bufido de resignación, Andrea se avino a subirse a caballito. Como sólo tenía un pié sano, no podía subir de un salto, así que tuve que agacharme para ayudarla. Ella rodeó mi cuello con sus brazos, dejando caer su peso sobre mí. La verdad es que me costó incorporarme, pues aunque delgada, Andrea debía sacarme unos buenos 15 kilos, pero aún así, lo logré.

Tambaleándome un poco al principio, eché a andar con mi prima a cuestas. Para evitar que resbalara, sujeté sus piernas con mis manos, colocándolas bajo sus muslos. En otras circunstancias, poder tocar las piernas de Andrea hubiera sido tremendamente excitante para mí, pero en ese momento, bastante tenía con sostenerme en pié e ir avanzando.

Gracias a Dios, Andrea no pesaba demasiado, así que pronto me acostumbré al peso y conseguí avanzar a buen ritmo. Tratando de aparentar más fuerza de la que tenía, me empeñé en conversar.

- ¿Vas bien? – le dije.
- Sí, sí – respondió ella – La verdad es que me has sorprendido.
- ¿Lo ves? Te dije que estoy muy fuerte. Como hago tanto ejercicio en la granja. Ya sabes que trabajo mucho con Antonio en las cercas.
- ¡Ah, ya!

Algo en su tono de voz me hizo comprender que ella estaba pensando en los otros trabajos que yo solía hacer en la casa.

- Aunque la verdad es que pesas demasiado. Te estás poniendo fondona – dije.
- Idiota.

Seguimos así un rato, callados, aproximándonos cada vez más al refugio. Pero claro, cuando las cosas se tuercen, lo hacen por completo, así que, justo en ese instante, se puso a llover.

- ¡Mierda! – exclamé al sentir las primeras gotas en la cara.
- Sí, lo que faltaba.
- Agárrate bien – dije – Voy a tratar de acelerar un poco.

Afirmé bien a Andrea en mi espalda y apreté el paso. Los brazos me dolían pero logré aguantar, pues afortunadamente, no faltaba mucho. Estábamos empapándonos por momentos; la lluvia me entraba en los ojos, cegándome, así que tuve que pedirle a Andrea que me limpiara la cara. Ella lo hizo, manteniendo una de sus manos en mi frente para apartarme el pelo mojado de los ojos. Llegados a cierto punto, me salí del camino, adentrándome entre los árboles. Por fin, a unos cien metros del sendero, estaba el pequeño techado de los cazadores.

- ¿Y eso es un refugio? – dijo Andrea mientras la ayudaba a bajarse de mi espalda.
- Qué quieres. Es lo mejor que tenemos – respondí algo molesto.
- Pues estamos listos.

La verdad es que a la chica no le faltaba razón. Aquello era un simple techo bajo de ramas sostenido por unos palos. Sólo tenía tres paredes, quedando la cuarta al aire como entrada. Afortunadamente, las paredes (también de ramas y maleza) estaban razonablemente bien hechas, con el objeto de que los animales no vieran a los cazadores apostados.

- Venga, entra – le dije a mi prima.
- ¿Cómo? – exclamó ella mirándome extrañada.
- ¡Pues a gatas! ¡Cómo si no!
- ¿Estás loco? ¡Voy a ponerme perdida!
- ¿Aún más? ¡Si ya estamos sucios y empapados! Mira, tú haz lo que quieras, si prefieres quedarte aquí bajo la lluvia, pues hazlo. ¡Qué manía de discutirlo todo!

Sin añadir nada más, me metí bajo el techo de ramas. El interior estaba sorprendentemente seco, pues el viento hacía que la lluvia cayera justo en la dirección opuesta a la entrada. Además, en el suelo había una manta, un tanto mugrienta, dejada allí por los cazadores para una futura visita.

Andrea no tardó mucho en seguirme, gateando como buenamente pudo. Por fin, se dejó caer en el suelo a mi lado, resoplando enfadada.

- ¡Maldita sea la idea de tu padre! ¡Con lo a gusto que estaría yo en mi casa, calentita, tomándome un caldito! ¡Y mírame, sucia, mojada, con un tobillo roto y aquí en medio de la nada en una chabola contigo!

La retahíla de improperios continuó durante varios minutos. Yo sabía que Andrea necesitaba desahogarse un poco, así que no la interrumpí. Para distraerme, me dediqué a arreglar un poco las ramas de paredes y techo, para tapar en la medida de lo posible, los huecos por los que entraba el aire o el agua.

Por fin, cuando noté que el caudal de quejas de Andrea mermaba, decidí encargarme de su tobillo. Sin decirle nada, agarré su pierna por la pantorrilla y la coloqué en mi regazo. Andrea, sorprendida, casi se cae de espaldas.

- ¿Se puede saber qué haces? – aulló.
- Voy a examinar tu “fractura” – dije con calma.
- Estate quieto – dijo ella tratando de liberar su pierna.

Yo, con una pizca de mala idea, sujeté su pié y lo giré un poco, arrancándole un gritito de dolor y sorpresa.

- ¡Ay! ¿ESTÁS LOCO?
- Venga, que no es para tanto – reí – Sólo es una torcedura.
- ¿Y qué sabrás tú?
- Sé bastante de lesiones en caballos…
- ¿ME ESTÁS LLAMANDO YEGUA? – gritó Andrea airada.
- ¿YEGUA TÚ? ¡NO ME HAGAS REÍR! ¡COMO MUCHO MULA O BURRA! – grité yo todavía más alto.

Andrea se quedó muda por la sorpresa y entonces me tocó a mí lanzar la sarta de improperios.

- ¡La madre que me parió con la prima esta! ¡Pincha la bici y se queda por ahí tirada; yo, como un imbécil, regreso para ayudarla y lo único que le falta a la niña es tirarme una piedra! ¡Después coge y me tira de la bici, tengo que cargar con ella, la traigo a un sitio donde estaremos secos y seguros…! ¡Y TAMPOCO LE PARECE BIEN!

Mientras gritaba todo esto, me arranqué una manga de mi camisa y le practiqué un vendaje de urgencia a Andrea en el tobillo. La verdad es que no fui muy delicado en el tratamiento, pero mi prima no se atrevió a quejarse ni una vez. Cuando acabé, aparté su pierna de mí con brusquedad. Ella se quedó mirando el vendaje que le había hecho unos segundos y pasó su mano por encima, frotándose el dolorido tobillo.

- Gracias – susurró.
- ¿Qué? – respondí yo un tanto sorprendido.
- Que gracias. Te agradezco mucho lo que estás haciendo hoy por mí – dijo ella en tono apagado.
- No te preocupes Andrea. No es nada.

Se produjo entonces un silencio bastante incómodo entre los dos. Yo no sabía ni qué decir, pues notaba que mi prima estaba bastante sensible en ese momento. Entonces se echó a llorar.

Me quedé de una pieza. La verdad era que no me esperaba aquello. No creía que nada de lo que hubiera podido decirle a Andrea la afectara tanto como para hacerla llorar. Compungido, traté de pedirle disculpas.

- Andrea, yo… - balbuceé – Lo siento. Siento haber sido tan brusco…

Ella sólo negaba con la cabeza, sin decir nada, y llorando como una magdalena.

Torpemente, me acerqué a mi prima, sentándome a su lado. Le pasé un brazo por los hombros, tratando de consolarla.

- Venga, no llores, que verás como enseguida deja de llover y nos encuentran…

Como no dejaba de llorar, la abracé con más fuerza, atrayéndola hacia mí. Andrea no se resistió y hundió el rostro en mi pecho, mientras que yo, completamente aturrullado, le acariciaba el cabello con torpeza.

Estuvimos así unos minutos, sin saber qué hacer, hasta que, poco a poco, fue calmándose.

- Lo… lo siento – balbuceó mi prima alzando hacia mí sus llorosos ojos.
- ¿Cómo? – dije atontado.
- Que lo siento. Tienes razón, no me he portado nada bien contigo. Hoy me has ayudado mucho y la otra vez, en el establo…

Ahí estaba. Ése era el problema. A pesar del tiempo transcurrido, Andrea aún no había superado el trauma de Ramón. Más centrado ahora que conocía la causa de su malestar, me dispuse a consolarla.

- Venga, Andrea, no le des más vueltas al asunto. Lo mejor es que te olvides de aquello. Fue una mala experiencia y nada más…
- ¿Que me olvide? ¿Y cómo? ¡Tú no sabes nada de lo que pasó!

Decidí ponerme serio.

- ¿A qué te refieres? ¿A que te acostaste con Ramón aquella noche en su casa? ¿Y qué?

Andrea me miró estupefacta.

- ¿Lo sabías? ¿Pero cómo?

Pensé en decirle que me lo había contado Marta, pero yo no sabía si Marta le había confesado a su hermana que la había espiado. Decidí mentirle.

- Vamos chica. ¿Olvidas lo que dijo Ramón en el establo? Dijo que aquella no era la primera vez…
- Es cierto… - concedió Andrea, más tranquila – Pero, ¿no me dijisteis Marta y tú que pasabais junto al establo cuando me oísteis gritar?

Me había pillado. Lo mejor era decirle un poquito la verdad.

- Te mentimos. Marta y yo estábamos en el establo antes de que llegaseis vosotros… Al oíros, nos escondimos, pero cuando vimos lo que se proponía aquel bastardo… Intervinimos.
- ¿Y qué hacíais vosotros dos allí? – dijo Andrea.

Entonces, ella solita comprendió lo que hacíamos allí su hermana y yo, por lo que, poniéndose súbitamente colorada, asintió.

- ¡Ah! Comprendo.
- Sí – continué – Ya sé que Marta te ha hablado de lo nuestro.

Nuevo silencio incómodo. Decidí no prolongarlo.

- Bueno, al menos ya no lloras – dije estirando una mano y secando las lágrimas de sus ojos.
- Sí – rió ella – Es que me has dejado alucinada.
- Lo siento.

Entonces, siguiendo un súbito impulso, la besé en la frente. Fue un beso puro, casto y limpio, nada que ver con los que yo acostumbraba a dar.

- ¿A qué viene eso? – dijo Andrea, un tanto confundida.
- No sé – respondí – Me pareció apropiado. Últimamente lo has pasado muy mal, y he querido mostrarte un poco de cariño.
- Gracias – balbuceó ella.
- Oye, no vayas a ponerte a llorar otra vez, que bastante agua está cayendo ya.
- ¡Tonto! – exclamó ella con nuevas lágrimas en los ojos.

Volvió a sepultar el rostro en mi pecho, y yo la dejé allí, desahogándose, borrando los malos recuerdos de los últimos tiempos.

Cuando se calmó, continuamos hablando. Bueno, más bien fue ella la que habló, contándome lo muy enamorada que había estado de Ramón, y lo doloroso que había sido descubrir la clase de hombre que era. Ella habló y habló, abrazada a mí, buscando tan sólo un oído amigo a quien contar sus penas. Yo hice lo único apropiado, abrazarla con fuerza y escucharla.

Esa mañana, en aquella chabola conocí a Andrea como jamás antes. Aprendí muchísimo de ella y comprendí que no era sólo la niña tonta y mimada que yo creía, sino que era una mujer maravillosa con el problema de querer siempre impresionar y agradar a los demás.

- Bueno – dije en cierto momento - ¿Y eso es tan grave?

Acababa de contarme su encuentro con Ramón en la casa de éste, sin los detalles escabrosos claro. Ella no sabía que yo conocía al detalle esa historia y, obviamente, yo no iba a decírselo.

- ¿No te parece grave? – dijo ella - ¡Si me acosté con él!
- ¿Y qué? Seguiste tus impulsos y deseos de mujer. Y eso no tiene nada de malo. Luego la cosa no salió bien, porque el tipo que elegiste era un cerdo, pero no todos los hombres son así.
- Pero…
- Pero nada… Y olvídate de esas tonterías acerca de la honra y la virtud. Ahora ya has estado con un hombre. No eres “casta y pura”. Pero, ¿eres peor persona por ello? ¿eres menos maravillosa, amable, hermosa? Yo te veo como siempre, una mujer espléndida que no sabe elegir a los hombres.

Entonces Andrea me besó. Yo no lo esperaba, así que tardé un segundo en responder. Su boca, caliente y dulce buscó la mía, sellando mis labios con su ardiente sabor. Enardecido, me incorporé un poco y posé mis manos en su cuello, acariciándolo. Fue un beso inocente, inexperto, y yo no quise romper el encanto, así que no traté de aprovecharme de la situación.

Por fin nos separamos, mirándonos fijamente a los ojos. Mi cuerpo me pedía más, mi alma deseaba a aquella mujer como nunca había deseado a otra, pero mi mente no me dejaba ir más allá. No estaba bien. No era correcto.

- Lo siento – balbuceó Andrea.
- ¿Por qué? – dije yo.
- Por haberte tratado tan mal últimamente. Tienes razón, a mí no me has hecho nada. Te has portado muy bien conmigo, y tus problemas con las chicas… no son asunto mío.

Yo sonreí aliviado. Bueno, un problema resuelto. Ya había una persona menos que me odiara en la casa.

- Andrea – dije – Si quieres te lo cuento todo, para que comprendas lo que pasó.
- No es necesario – dijo – Ya te he dicho que no es asunto mío.
- Sí, es verdad. Pero creo que me hará bien contárselo a alguien. ¿Te importa?
- No. Cuéntame lo que quieras – dijo mi prima, sonriendo dulcemente.

¡Dios! ¡Qué guapa era!

Bueno, entonces me tocó hablar a mí. Se lo conté prácticamente todo de mi historia con Marta y Marina, sin detalles truculentos, claro. Se quedó muy sorprendida al enterarse de nuestro affaire en el coche el día que fuimos con Ramón a la ciudad, y se rió bastante con las encerronas que le tendí a Marina.

En cierto momento, Andrea volvió a abrazarse a mí, para aliviarnos del frío dijo, y puedo asegurar que al menos mi temperatura aumentó considerablemente. Seguimos así, charlando abrazados durante una hora al menos, sintiendo golpetear la lluvia contra nuestro refugio. Hacía cada vez más frío, por lo que Andrea se apretaba cada vez más a mí, y claro, eso unido a las historias que estaba contándole a mi prima, tuvo su efecto en mi cuerpo. Me empalmé.

Sentía una vergüenza terrible, estaba allí con mi prima, contándonos confidencias el uno al otro, hablando con confianza, y yo ya estaba como siempre. Me moví incómodo, tratando de que ella no notara nada, y seguí contándole cosas, aunque mi voz denotaba nerviosismo. Entonces ella, notando mi inquietud, me dijo:

- ¿Te pasa algo, Oscar? Te noto nervioso.
- No, no… nada. Es que se me clavaba una piedra en la espalda – mentí – Pero ya está.
- ¡Ah! Vale. Creí que sentías vergüenza porque se te ha puesto dura – dijo mi prima pícaramente.

Me quería morir.

- Lo… lo siento – balbuceé.
- ¡Ay, Oscar! – dijo mi prima incorporándose sonriente – No seas tonto. Si a mí no me importa. Es normal, después de todo lo que estamos hablando, y aquí los dos juntitos…
- ………. – no dije ni mú.
- Para serte sincera, yo también me he excitado un poco.

Mis ojos iban a salirse de las órbitas.

- Ha parado de llover – dijo entonces Andrea.
- ¿Qué? – dije atontado, sin comprender.
- Que ya no llueve – dijo mi prima riendo – Ya puedes ir a por el carro.

La madre que la parió. Cómo había jugado conmigo. Me había puesto caliente como un mono en menos de un minuto y ahora me cortaba de raíz. ¡Las mujeres son terribles!

- Sí – dije tristemente – Creo que será lo mejor.
- Pues venga.

Torpemente, pues estaba bastante acalambrado, gateé fuera de la chabola. Una vez fuera, me puse en pié y estiré los músculos, para desentumecerme, cuidando de hacerlo de espaldas a mi prima, pues sólo faltaba que empezara a bromear otra vez acerca de mi notorio bulto. Una vez desperezado, me agaché otra vez a la entrada de la caseta, para darle las últimas instrucciones a Andrea.

- Bueno, es hora de ir en busca de ayuda – dije.
- ¿Qué vas a hacer?
- Iré andando hacia el prado, seguro que me los encuentro de vuelta. Enseguida vendremos a por ti. Volveré pronto – le dije – Tú tranquila.
- Vale, no me moveré de aquí – dijo ella guiñándome un ojo.
- Muy graciosa – repliqué.

Me disponía a ponerme en pié y marcharme, pero mi prima volvió a llamarme.

- Dime.

Ella me miró unos segundos antes de decir:

- Gracias.
- ¡Anda, niña! – exclamé súbitamente incómodo.
- No, Oscar, en serio. Gracias por todo. Por lo de hoy y por lo de la otra vez.
- No sigas – dije - que me pongo colorado.

Entonces Andrea, echándose un poco para delante, volvió a darme un cálido beso. Uno corto y dulce esta vez.

- Bueno, no ha estado tan mal la excursión después de todo – concluyó mi prima.

Sin decir nada más, y ligeramente mareado, me marché de allí. Corrí hacia el camino, alejándome de la chabola. Mi mente era un torbellino, pensando en lo que había pasado y por supuesto, fantaseando con lo que habría podido pasar.

Con rapidez (y siendo sinceros con un notable calentón encima), llegué al camino y seguí hacia el prado. Por suerte, en menos de un minuto vi a un par de jinetes que se aproximaban a mí. Papá y el abuelo.

Al verme, ambos azuzaron a sus caballos para que corrieran más, y enseguida me alcanzaron.

- ¿Estás bien? ¿Y Andrea? – exclamó mi padre bajando del caballo con gesto de preocupación.
- Tranquilos – dije yo – Está bien, sólo se ha torcido un tobillo.
- ¿Y dónde está? ¿Por qué no volvisteis? ¡Vuestras madres están enfermas de preocupación!

Mientras decía esto, mi padre me zarandeaba del brazo, enfadado conmigo no sé muy bien por qué. Incluso el abuelo me miraba raro, como si pensara que yo me había dedicado a hacer una de las mías sin pensar en lo preocupados que estaban todos por mí, así que les conté toda la historia.

- Venid conmigo – les dije – Os llevaré con Andrea y mientras os lo cuento todo.

Bueno, todo no, la parte de los besos y las empalmadas la omití prudentemente, claro. A medida que iba hablando, vi cómo sus expresiones se relajaban, pasando del enfado manifiesto a la aprobación e incluso ¿respeto? No sé, creo que esa mañana mi padre se sintió muy orgulloso de mí, y fue ese el primer paso para perdonarme el incidente ocurrido con Tomasa.

Pronto llegamos junto a la chabola donde esperaba Andrea, y entre papá y el abuelo la ayudaron a salir y la subieron a un caballo. El abuelo, previsor, llevaba una manta atada a la silla, y se la echamos a la pobre chica por encima, pues al salir fuera con la ropa todavía mojada, tiritaba terriblemente.

Andrea iba pues en un caballo, mientras nosotros tres caminábamos a su lado, llevando al otro animal de la brida. Nos pusimos en marcha de regreso hacia el prado, esperando encontrarnos por el camino con los demás que venían en el carro. El abuelo nos contó que la tormenta les sorprendió con todo preparado, y con las prisas de recogerlo todo, se les habían escapado los caballos, asustados por los truenos, por lo que habían tardado mucho en venir a buscarnos.

Andrea, muy amablemente, se dedicó a ponderar mi actuación, hablando sobre lo inteligente y valiente que había sido, haciéndolo con tal entusiasmo que el abuelo volvió a dirigirme miradas recelosas, no sabiendo muy bien qué pensar. Mi padre, en cambio, parecía ir a reventar de orgullo, hasta que, no aguantando más, dijo que iba a adelantarse para tranquilizar a mamá y a tía Laura, así que cogió la montura disponible y se marchó.

Minutos después nos encontramos con el resto de la familia, que venía de vuelta, encontrándonos pronto mi prima y yo rodeados por los amorosos brazos de nuestras madres, que nos daban besos y abrazos tratando de averiguar si habíamos vuelto enteros o no.

Pero no todo el mundo se alegró tanto con nuestro regreso. Marta y Marina me echaban unas mal disimuladas miradas de odio, que se acentuaron notablemente cuando comprobaron que Andrea ya no sólo no estaba enfadada conmigo, sino que se dedicaba a cantar mis alabanzas. A saber lo que esas dos pensaban que habíamos estado haciendo Andrea y yo para dejarla tan contenta. Bueno, la verdad es que no hay que ser muy listo para adivinarlo.

Con cuidado, trasladamos a Andrea al carromato, donde la envolvimos con otra manta más. Yo, por mi parte también fui obligado a subirme en el carro y a envolverme en mantas, aunque no quería hacerlo, pues eso suponía ir en compañía de Andrea (cuya proximidad me enervaba) y de las otras dos, que parecían dispuestas a asesinarme con los ojos.

Según me dijeron, las bicis habían quedado en el prado, pues en el carro no cabían con tanta gente, y era imposible que conducirlas con el camino tan embarrado, así que Nico iba a tener que volver a buscarlas más tarde, recogiendo de camino la mía y la de Andrea.

El viaje fue bastante tenso, pues Andrea no paraba de contarles a su madre y a la mía lo bien que me había portado yo, por lo que las dos mujeres me felicitaban continuamente. Yo hubiera preferido que se callara para no empeorar las cosas, pero ella seguía charla que te charla, como si no se diera cuenta de las miradas asesinas de Marta y Marina.

Pero luego resultó que sí se había dado cuenta.

Por fin, llegamos a casa, donde nos recibió una eficiente Mrs. Dickison. Barruntándose que íbamos a volver empapados, la institutriz se había dedicado a preparar nuestro regreso, calentando agua en abundancia y reuniendo toallas y mantas para todos. Así que, por turnos, fuimos pasando por el baño caliente, mientras entre todos disponíamos la comida del picnic en el comedor; así que ese día almorzamos a base de fiambres y tortillas, en un ambiente la mar de alegre y distendido.

Así acabó mi primer paseo en bici.

Pasaron varios días sin nada reseñable que resaltar, aunque, eso sí, me llevaba mejor que nunca con Andrea, pero ni se me pasó por la imaginación intentar nada con ella, no fuera a estropearlo todo de nuevo. Porque además, con todas las mujeres que tenía dispuestas y disponibles… ¿para qué quería más?

Sin embargo, la cosa iba incluso a mejorar. ¿Que cómo? Sigan leyendo.

Resultó que se aproximaba la fecha del patrón del pueblo, así que se estaba organizando una verbena, y claro, como todos los años, la familia iba a acudir, pues las fiestas en esos años eran todo un acontecimiento (no olviden que no había tele para entretenerse). Mi madre y tía Laura deseaban comprarse ropa nueva, por lo que decidieron dedicar un día a hacer las compras.

Las criadas también andaban revolucionadas, pues durante las fiestas tenían el día libre, y todas estaban deseosas de que llegara la verbena, para poder lucir palmito por el pueblo y hacer que se les cayera la baba a todos los hombres del lugar. Incluso Mrs. Dickinson, habitualmente tan digna, se dejó contagiar por el ambiente, por lo que decidió acompañar a mi madre a la compra, recibiendo así nosotros un inesperado día libre.

Yo pensaba que las chicas en pleno irían también de compras, pues a todas les encantaba probarse trapitos, y el abuelo era muy fácil de convencer para que soltara el dinero y les concediera todos sus caprichos. Pero me equivocaba.

Aquel martes amaneció bullicioso, pues mi familia se levantó temprano para irse al pueblo. Se organizó un revuelo tremendo, aunque yo no me mezclé en ello, pues no pensaba ir de compras e iba a quedarme pasando un día tranquilo en casa. Allí sólo iban a permanecer María y Luisa, así que había trazado ciertos planes para pasar el día “entretenido”. Como fuera que hasta que no se hubiese largado todo el mundo no podía hacer nada, me dediqué a dormir hasta tarde, tratando de aislarme de todo el jaleo que había fuera de mi habitación.

Un rato después, mi madre entró a mi cuarto para darme un beso de despedida y recordarme que debía portarme bien, aunque ella ya sabía que, probablemente, no iba a serlo demasiado.

Por fin, se marcharon todos, adueñándose el silencio de la casa. Aún era pronto para levantarse, por lo que decidí dormir un rato más, pues de momento no tenía nada mejor que hacer y así descansaba un poco.

Me dormí.

No sé cuánto rato pasé dormido hasta que me despertaron unos golpecitos en la puerta de mi dormitorio. Me despejé rápidamente, con una sonrisa en los labios, seguro de que María o Luisa, aburrida de sus quehaceres, había decidido hacerme una pequeña visita, para alegrarnos a ambos la mañana.

- Adelante – dije.

La puerta se abrió lentamente, mientras yo apostaba mentalmente por cual de las dos hembras iba a aliviar mi soledad matutina. Sin embargo, la sonrisa se borró de mis labios cuando me encontré con que quien abría la puerta era mi prima Marta.

- Tenemos que hablar – dijo.

Yo no atiné ni a responder por la sorpresa. Pero, ¿qué hacía ella allí? ¿Qué quería? En vista de mi silencio, Marta entró en mi cuarto cerrando la puerta tras de si. Estaba preciosa, vestida con una bata azul que le llegaba a las pantorrillas, anudada a la cintura con una cinta del mismo color. Su pelo estaba recogido, señal inequívoca de que había estado arreglándose antes de venir a verme. Además, percibí un suave aroma a violetas, así que supuse que mi prima había usado perfume esa mañana. Aquello me inquietó.

Marta se acercó a mi cama. Caminaba un tanto rígida, denotando cierto nerviosismo, cosa que no me extrañaba lo más mínimo pues yo mismo estaba hecho un flan. Además, el que yo la mirara fijamente, con los ojos como platos, seguro que no la tranquilizaba mucho.

- ¿Puedo sentarme? – dijo entonces.
- Claro – respondí.

Yo esperaba que acercara la silla que hay en mi cuarto y tomara asiento. Pero no lo hizo así, sino que se sentó en el colchón cerca de mí. Peligrosamente cerca. Al hacerlo, cruzó las piernas, de forma que la bata se le abrió un poco, revelando parte de su muslo desnudo. Aquello me perturbó todavía más, y el hecho de que Marta no se tapara aquella pierna desnuda me confirmó que mi prima tenía algo en mente.

Mientras mi cerebro decía que no debía seguirle el juego, que tenía que resistir, mi cuerpo comenzaba a reaccionar ante la turbadora presencia de Marta. Yo estaba decidido a no dejarme seducir, pero… cualquiera aguantaba. Mal se presentaba la cosa si mis convicciones se derrumbaban ante el primer asalto.

- ¿Qué quieres? – pregunté con sequedad, tratando de aparentar que su presencia no me incomodaba.
- Hablar – dijo ella.
- Pues habla.
- Creo que ya es hora de que aclaremos la situación entre nosotros.
- De acuerdo.
- Verás, Oscar – dijo acercándose todavía más a mí – Tú sabes que me gustas.
- Y tú a mí – respondí sin pensar.
- He pensado mucho en lo que pasó, y creo que tenías razón. Mi pelea con Marina fue porque me sentía celosa. Te quería para mí y no quería compartirte con ella.
- No es cuestión de compartir – la interrumpí – Marta, tú y yo no somos novios, ni podemos serlo. Te dije que si manteníamos una relación sería sólo para pasarlo bien, sin mayores compromisos…
- Sí, lo sé. Pero es que no pude controlarme, me dolió tanto veros así…

Otro ligero movimiento hizo que una porción mayor de muslo quedara al aire, enervándome aún más.

- Ejem – carraspeé – Marta, siento mucho lo que pasó, pero entiende que si os rechacé a las dos fue porque no soportaba veros pelear así.
- Sí, sí, lo entiendo… Estoy segura de que lo has pasado muy mal.

Mientras decía esto, Marta se inclinó hacia mí, para acariciarme la mejilla con una mano. Caricias que yo ni siquiera sentí, pues al echarse para delante, se le abrió un poco el pecho de la bata, permitiéndome ver así que mi prima iba completamente desnuda debajo de la prenda.

Durante un instante, pude ver un delicioso seno desnudo, con el pezón enhiesto y sonrosado, deseable. Faltó poco para que perdiera la cabeza y me abalanzara sobre ella.

Pero no, no podía ceder, si me dejaba seducir y Marina se enteraba… vuelta a empezar. Así que me eché para atrás, apartándome de su mano, rechazando su caricia.

- ¿Por qué te apartas? – dijo ella sorprendida – No voy a hacerte nada.
- Marta – dije yo tratando de ponerme serio - ¿A qué has venido?
- ¿No es evidente? – respondió ella con su más seductora sonrisa – He venido a hacer las paces.
- Marta, estoy dispuesto a hacer las paces contigo, te quiero mucho y no soporto estar enfadados; pero no así, no quiero hacerle daño a Marina.
- ¿Marina? No te preocupes, se ha ido al pueblo de compras. Yo he dicho que no me encontraba bien y me he quedado.
- ¿Y? – dije un tanto confuso.
- Que no tiene por qué enterarse. Mira, tú y yo podemos volver a estar como antes, pasándolo bien juntos. Pero cuando esté Marina delante, fingimos que seguimos enfadados, así no sospechará nada.
- No, Marta, no – dije – Me juré a mí mismo que no os volvería a engañar. Si Marina se enterara no nos perdonaría jamás.
- ¿Y qué más te da? A ti ya no te habla, así que la cosa no puede empeorar.

Mientras decía esto, Marta se puso a cuatro patas sobre el colchón y avanzó hacia mí, con lo que el escote de la bata reveló su cuerpo completamente desnudo. No importaba cuánto me resistiera, pues mis ojos, involuntariamente, se desviaban para echar mal disimulados vistazos a su anatomía. Estaba cachondísimo y Marta lo sabía.

- Vamos, Oscar, acuérdate de lo bien que lo pasábamos juntos. Yo no puedo olvidarme. He estado muy enfadada contigo, te he odiado incluso, pero aún así no podía evitar tocarme por las noches acordándome de ti – susurró Marta acariciándose el pecho por encima de la ropa.

Madre mía. Me iba a morir. Torpemente, me eché todavía más hacia atrás sobre el colchón, hasta que mi espalda chocó con la cabecera de la cama. Tiré de las sábanas hacia arriba, tapándome, como si eso fuera a servir de escudo contra aquella fiera.

Marta, por su parte, sonreía muy ladina gateando hacia mí, mientras su voz de terciopelo me susurraba:

- Vamos, no te resistas, sé que me deseas.
- ………
- Ven.

Por fin, llegó junto a mí. Pensé que iba a besarme, pero no, lo que hizo fue introducir la mano bajo las sábanas, en busca de mi polla, que por si alguno lo dudaba, estaba ya como el palo mayor. Me la agarró con fuerza, por encima del pijama, estrujándola con deseo y lujuria.

Aquello era demasiado para mí, no me quedaban fuerzas, deseaba follármela… Su rostro se acercó al mío, sentía su aliento cerca de mi boca, caliente y embriagador…

- No – farfullé - Marina…
- Olvídate de Marina… Que le den mucho por el culo…

Marta trató de besarme, pero esas palabras me despertaron, no podía permitir que las mejores amigas se detestaran hasta ese punto. No podía ser.

Con firmeza, apoyé mis manos en sus hombros y la aparté de mí, con delicadeza pero sin dudar. Ella quedó sentada sobre el colchón, sorprendida por mi resistencia.

Afortunadamente, se había soltado de mi bálano, pues unos segundos más de delicioso contacto podrían haber provocado mi corrida, haciéndome olvidar todos mis principios.

- Marta, no. No puede ser. Así no. Pero, ¿te has escuchado? Maldita sea, Marina y tú erais uña y carne, y ahora estás dispuesta a engañarla y a hacerle daño sin pensártelo dos veces. Me siento fatal, todo esto es culpa mía. Sólo espero que podáis arreglar vuestros problemas, y que volváis a ser amigas de verdad, no así, traicionándose por la espalda…
- ¿Quieres que me vaya? – me interrumpió Marta.
- Sí – respondí con firmeza.
- ¿Vas a renunciar a follar conmigo todo lo que quieras y cuando quieras?
- Sí.
- Oscar, estoy dispuesta a hacer todo lo que me pidas, seré tu esclava, te obedeceré en todo…
- Marta, vete por favor.
- Si quieres, estaría dispuesta a chupártela. ¿Quieres que te la chupe?

No podía creerme lo que estaba escuchando. ¿Se había vuelto loca?

- Marta, no estás en tus cabales. Por favor vete. No diré que me resulta fácil decirte que te vayas, pues en este momento estoy tan excitado que parezco a punto de explotar, pero no es así como debe ser.
- Entonces ¿me rechazas por Marina?
- No, te rechazo por las dos, porque no quiero que ninguna lo pase mal por mi culpa. Si fuera ella la que estuviera aquí le diría lo mismo.

Marta me miró fijamente un segundo, muy seria. Entonces, su rostro se iluminó en una gran sonrisa, y acercándose rápidamente, me dio un fuerte beso en la mejilla y se bajó de un salto de la cama.

- ¡Estupendo! – exclamó.

Yo estaba alucinado. Marta, como un rayo abrió la puerta de la habitación y salió, dejando la puerta abierta de par en par y a mí con un palmo de narices. Pero, ¿qué coño pasaba? Yo no comprendía nada en absoluto, miraba la puerta abierta completamente aturdido, con cara de memo. Y no quiero contarles la cara que puse cuando mi prima regresó, llevando de la mano a mi propia hermana, que me miraba avergonzada.

- Pe…pero… - balbuceé.
- ¡Ay, hijo! – dijo Marta riendo – Cierra la boca, que pareces tontito.
- ¿Qué? – dije con la boca aún abierta.
- Que cierres el pico, que se te va a colar una mosca.

Aún riendo, Marta soltó la mano de Marina, y se dirigió a mi cama corriendo, donde se subió dando un salto, haciendo que todo el colchón se agitara. Mientras, mi hermana cerró lentamente la puerta y se dirigió a la silla de mi dormitorio, donde se sentó.

- Bueno, ya estamos otra vez los tres juntos – dijo Marta.
- ¿Qué? – volví a repetir, porque era lo único que se me ocurría.
- ¿A que parece tonto? – dijo Marta dirigiéndose a mi hermana.
- Sí – respondió ésta, con una tenue sonrisa en los labios.

Y la verdad es que me sentía bastante tonto. Por fin, se me ocurrió algo más que decir.

- ¿Por qué no habéis ido al pueblo?

Como frase, no era muy inteligente, pero algo era algo.

- Nosotras nunca dijimos que fuésemos a ir al pueblo – dijo mi prima.
- ¿Cómo que no?
- Además, hablamos con mamá y ella comprendió que lo mejor era que nos quedásemos.
- ¿Qué? – dije volviendo a mi discurso anterior.
- Que hablamos con ella. Le dijimos que queríamos hacer las paces contigo y que necesitábamos hablar en privado, así que no puso ningún obstáculo a que nos quedásemos.
- Sí, tía Laura se mostró muy razonable en ese aspecto. Te quiere mucho y no le gustaba vernos enfadados a los tres. Se ve que la dejaste muy “satisfecha” – dijo Marina mirándome enigmáticamente.

Me quedé atónito ante las implicaciones de lo que acababa de decir mi hermana.

- Otra vez la cara de tonto – rió Marta - ¿Qué esperabas? Tu hermana y yo volvemos a ser amigas, y entre amigas no hay secretos.
- ¿Le contaste…? – balbuceé.
- ¿…Que te habías acostado con tía Laura? Sí me lo contó – me interrumpió Marina – Y la verdad es que me sorprendió bastante, acostarte con tu propia tía… Aunque claro, sabiendo que planeabas hacerlo con tu hermana…

No sabía qué decir, me encontraba superado por la situación, estaba atónito. ¿Qué querían? ¿Burlarse? ¿Vengarse de alguna forma?

Traté de tranquilizarme un poco, de analizar la situación. ¿Qué hacían allí? ¿Por qué habían esperado a que estuviéramos solos? ¿Por qué iba Marta desnuda? Esa idea me hizo pensar que quizás aquello no fuera una encerrona, o al menos, que fuese una del tipo en las que me gustaba caer…

Más sereno, traté de centrarme en mi instinto, en mi don, y la verdad es que no percibí ninguna hostilidad en el ambiente. Comprendí que las chicas tenían un plan en mente, y que lo mejor era dejarlas dirigir el cotarro, a ver adonde me llevaban.

- Bueno – dije en tono más reposado - ¿Me vais a decir entonces lo que queréis?

Las chicas se miraron la una a la otra durante un segundo, y dijeron simultáneamente.

- Hacer las paces.

Íbamos bien.

- Me parece estupendo – dije – Pero entonces, ¿a qué ha venido el numerito de antes?
- Bueno – dijo Marta – Teníamos que asegurarnos que eras realmente sincero cuando decías que no querías hacernos daño, que preferías no estar con ninguna de las dos antes de hacer sufrir a la otra.
- O sea que todo era mentira…
- Más o menos.
- ¿Y si me hubiera dejado seducir? Marta, estás muy buena, y meterte así en mi cama, medio desnuda. A ningún hombre podría reprochársele caer en la tentación – dije más seguro de mí mismo.
- Si hubieras aceptado… - dijo Marta haciendo una pausa dramática – Te hubiera partido la cara.
- ¿Cómo? – dije riendo.
- Lo que has oído. Hemos decidido darte otra oportunidad, ver si eres sincero en lo que dices, pero si resultaba que no lo eras… Te cascábamos.
- ¿En serio? ¿Ibas a pegarme? – dije divertido.
- No te rías. Lo habíamos hablado y estábamos ambas de acuerdo. Si resultabas ser tan vil y rastrero que todo tu arrepentimiento era una farsa, te habríamos hinchado un ojo.
- ¿Las dos? ¿Ibais a pegarme las dos?
- Pues claro. Aunque fueras un cabrón, sigues siendo un chico, pero entre las dos nos hubiésemos apañado para cascarte bien.
- Sí, me lo creo. Ya os he visto pelear y sé que lo hacéis bastante bien – dije pasándome la mano por el ojo, donde aún se veía la huella de la herida que me infligieron en un anterior enfrentamiento.
- Perdona – dijo Marta un poco arrepentida.
- Olvídalo.

Permanecimos en silencio unos segundos, mirándonos los tres. Yo me sentía mucho más animado, pues veía la salida a una situación que durante mucho tiempo me había dolido mucho. Sentía que íbamos a volver a ser amigos.

- Bueno – dije - ¿Y por qué habéis decidido hacer las paces precisamente ahora?
- Por Andrea – respondió Marina.

Me sorprendió que hablara ella, pues hasta entonces había permanecido muy callada.

- ¿Cómo?
- Por Andrea, fue ella la que nos convenció de que habláramos contigo.
- No lo entiendo.
- Verás, el otro día, tras la excursión… - empezó Marta.
- Sí, me acuerdo.
- Bueno, nosotras pensábamos que tú y Andrea… Ya sabes.
- ¿Qué? – dije haciéndome el tonto.
- Que te la habías follado – dio Marina de pronto.

Aún me sorprendía la extraordinaria transformación que había experimentado mi hermana.

- Pues no es así – dije muy serio.
- Ya lo sabemos – continuó Marta – Pero qué querías que pensáramos. Conociéndote, y que te ofrecieras voluntario para ir a buscarla… Pensábamos que te habías citado con ella esa mañana y que por eso Andrea se había quedado rezagada. Parecía uno de tus típicos planes.
- Más bien sería uno de “tus” planes – respondí a mi prima – Olvidas que mientras estuvimos juntos fuiste tú la que planeó todos los encuentros.

Marina miró a Marta muy interesada, con lo que mi prima esbozó una sonrisilla nerviosa.

- Bueno, sí, eso – dijo – Sea como sea, nos sentó muy mal aquello. Pensamos que como ya no había nada con nosotras, te dedicabas a perseguir a mi hermana, como si no te importara nada que no nos hablásemos.
- Pero no es así – dije.
- Ya, ya. Pero es lo que creíamos.
- Por eso estabais tan enfadadas cuando regresamos.
- Claro, imagínate. Aparecisteis los dos sucios, con la ropa destrozada, después de haber estado solos un montón de tiempo…
- Y encima, Andrea no paraba de hablar bien de ti – dijo Marina.
- ¡Eso! – continuó Marta – Después de que le habíamos contado lo que nos habías hecho, ella juró que te odiaría siempre. Y vas tú, te la llevas al bosque y ¡ñaca! aparece convertida en tu mayor admiradora.
- Pero no pasó nada de eso – dije yo – Andrea y yo…
- Ya lo sabemos – dijo Marina – Después hablamos a solas con ella y nos lo contó todo.
- ¿En serio? – dije.
- Sí. Nos dijo lo profundamente dolido que estabas porque no te hablábamos, que sentías lo que había pasado, que no deseabas hacernos daño… - dijo mi hermana.
- Nos hizo reflexionar – continuó Marta – Comprendimos que lo sucedido había sido culpa de los tres. Tú nunca nos engañaste para tratar de seducirnos. Dijiste las cosas tal y como eran y así fue como conseguiste que nos interesáramos por ti.
- Bueno, a mí sí que me engañó… - dijo Marina.
- No del todo – exclamé yo – Lo que trataba de hacer era que despertaras, que dejaras de ser la tonta mojigata que eras de día, mientras tus deseos te consumían de noche.
- ¿De noche? – dijo mi hermana, intrigada.
- Sí, no olvides la noche que estuve en tu cuarto, mientras fingías dormir…
- No me habías contado eso – dijo Marta mirando a Marina interrogadora.