Relatos |
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Hacía mucho tiempo que no me encomendaba a Dios, mis pecados iban creciendo y mi conciencia no estaba tranquila, tenía la necesidad inminente de acercarme a una iglesia y buscar a un confesor que limpiara mi alma. Cerré la puerta de casa y bajé a la calle, el calor era casi espeso, las gotas de sudor caían por mi cuello hasta el pecho. Decidí atravesar el parque y quitarme los zapatos para caminar por la hierba, me daba sensación de frescor. A lo lejos divisaba la iglesia a la cual iba a confesarme, caminaba con paso lento pero ágil, mientras mi mente casi turbada intentaba recordar los pecados y deseos promiscuos q por mi cabeza pasaban. La hermosa iglesia de estilo románico, estaba ubicada en una plaza soleada con una fuente, me acerqué y mojé mis manos que luego llevé a la nuca y a la cara para refrescarme un poco. Ante mi, dos enormes porticones de madera permanecían estáticos, una pequeña puertecilla, dentro de los porticones estaba entreabierta. Entré con paso sigiloso y me acerqué a la pila de agua bendita, mojé mis dedos en el agua fría y me santigüé. Caminé a través del largo pasillo hasta arrodillarme ante semejante belleza, una cúpula pintada de frescos, con siglos de antigüedad, sentía curiosidad por saber todos los secretos que encerraban aquellos ojos tristes de los querubines. A mi derecha se hallaba el confesionario, una caseta de madera tallada, con una celosía que separaba el pecado de la pureza. Me acerqué y me arrodille con la cabeza agachada: -Ave María Purísima Una voz grave y varonil me contestó: -Sin pecado concebida. Levanté la cabeza, aquella voz no era la del padre Juan, a través de la celosía aprecié un silueta oscura, esbelta. Era otro párroco, pero que más daba, iba a escuchar igualmente mis pecados e iba a darme penitencia también, así que volví a bajar la cabeza, como avergonzada y procedí a relatar mis sucios pensamientos y actos. -Padre peco continuamente y me siento mal. -Cuéntame. El te perdonará. -Tenía un incontrolable deseo de acariciar a mi compañera de piso. -Y lo hiciste? -Si -Que pasó, cuéntame. En ese momento me sonrojé y una sensación de calor invadió mi cuerpo, agitando mi respiración, mientras comenzaba mi historia. -Ella acababa de salir de la ducha y se estaba secando con la toalla, empezó a aplicarse crema hidratante por su precioso cuerpo. Me llamó para que le pusiera un poco en la espalda, ya que no llegaba con sus manos. Yo entré en el baño y la vi de pié dándome la espalda, sonriéndome con el bote de crema en la mano. Muy amablemente le dije que si. Me eché un poco en la palma de mi mano, junté la otra y me las froté para quitar el frío. Empecé a masajear los hombros, bajando por los omoplatos; tenía la piel tersa y suave, morena con pequeñas marcas blancas del bikini. Mis manos seguían bajando por su espalda y dibujaban su cintura. A ella le gustaba, me dijo que podía estar todo el día así. Mi corazón empezaba a acelerarse y mis pezones ya se habían erguido. Me puse un poco más de crema en las manos, subía la espalda hacia arriba hasta llegar de nuevo a los hombros, los acariciaba con las manos untadas y seguía su forma redondeada, empecé a bajar por dónde acaba su cuello y empieza su pecho, notaba como su corazón latía velozmente. Sus pechos eran redondos y sus pezones miraban desafiantes hacia el techo, bajé mis manos hasta ellos. Los agarré con fuerza entre mis manos, me resbalaban entre los dedos, se los apretaba con suavidad hasta llegar a sus pezones que pedían, inminentemente que los estirara, se los pellizcara. Su respiración entrecortada, dejaba escapar algún que otro leve gemido y eso me hacía saber que quería más. Bajaba por su barriga, mi cuerpo estaba pegado a su espalda y mis manos no podían dejar de tocar su piel. Rozaba su pubis con mis dedos, estaba suave, se lo acababa de rasurar, eso me hacía pensar que mis dedos debían bajar sutilmente hasta donde empieza su raja. La acariciaba casi sin tocarla, notaba como ella se estremecía y su piel se erizaba, empujaba levemente su pubis hacia mis dedos, deseosa de que profundizara algo más. Yo también quería más. Le di la vuelta e hice que se sentara en el borde de la bañera, no mediaba palabra, pero sus ojos me miraban fijamente transmitiendo cierta perversión. Cogí sus rodillas y se las abrí, delante de mi cara se hallaba su coño totalmente rasurado y con el clítoris rojo y erguido. Hundí mi cara entre sus piernas. Con la punta de mi lengua acariciaba sus labios e iba introduciéndola despacito hasta tocar su clítoris suavemente, estaba caliente y duro. Con los dedos le separé los labios, de manera que quedaba todo descubierto para mi, le pasé la lengua entera de abajo a arriba, luego me detuve en el botón y con la punta de la lengua le daba golpecitos y luego vueltas, ella me cogía del pelo apretándome contra su coñito húmedo, le metí dos dedos y luego tres. Mi lengua lo golpeaba de lado a lado, a una velocidad descontrolada, con los labios lo cogía, lo apretaba y lo succionaba, mientras los dedos se introducían y salían. Ella se cogía las tetas y se las apretaba con fuerza mientras gemía de placer, pidiéndome clemencia para que no parara. Yo estaba arrodillada ante ella, con las piernas abiertas, mientras me masturbaba con fuerza, estábamos a punto de llegar al orgasmo juntas. Soltó un gemido, casi aterrador y su cuerpo se estremeció a la par que el mío, mis labios se llenaron de su jugo salado y caliente. Y mis dedos permanecían estáticos dentro de mi vagina. Seguía arrodillada ante la celosía, sin casi darme cuenta de que mi relato había hecho que la respiración del nuevo párroco fuera fuerte y agitada. Un silencio oscuro y profundo hacía presagiar que iba a pasar algo. Yo le dije: -Padre sigue ahí? -Hija, él nos perdonará. Y se entreabrió la puerta del confesionario. Eso me hacía saber que me estaba invitando a entrar y así lo hice. Allí estaba él sentado en una banqueta, con su sotana negra y su alzacuellos blanco, era joven y bien parecido, tenía el mismo brillo en los ojos que mi compañera de piso. Como dice el refrán, a buen entendedor pocas palabras bastan. Sin mediar ni una, me arrodillé ante él, le levanté la sotana y empecé a acariciar su paquete por encima del pantalón, estaba duro y adivinaba ser grande. Se lo desabroché y se lo abrí, como bien había adivinado, apareció ante mi una hermosa verga tiesa como un mástil, con la punta rosada y brillante. Él recostó la espalda sobre la pared, echó su cabeza hacia atrás y cerro los ojos mientras se mordía los labios. Cogí su polla entre mis manos y empecé a acariciar la punta con la lengua, rodeándola toda. La introduje entre mis labios y la apretaba con fuerza mientras se iba introduciendo toda en la boca hasta donde podía llegar, la succionaba con suavidad como si fuera un biberón, la punta tocaba mi garganta y yo cerraba ésta para darle más placer. El cura gemía, como no lo había hecho nunca, eso me excitaba hasta el punto de que me estaba produciendo un gran placer aquella mamada. Se la chupaba con lujuria, hacia arriba y hacia abajo, mientras me ayudaba con las manos al mismo compás. El me cogía la cabeza y acompañaba mis movimientos, intentando de vez en cuando empujar para que lo hiciera más rápido. Su respiración convertida en gemidos se aceleraba cada vez más, era el preludio de que estaba llegando al final. Mi boca se llenó de su leche caliente y dulzona. El quedó recostado en la pared, extenuado y agotado. Yo permanecí unos segundos con mis brazos apoyados en sus rodilla y la cabeza entre ellos. El se incorporó, me cogió la cara y me la puso frente a la suya, con sus dedos dibujó una cruz en mi frente, me la beso y me dijo: -Yo absuelvo tus pecados. Puedes ir en paz. |
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Stop a la Pedofilia
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