Relatos |
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El segundo año de la carrera se incorporó una nueva alumna que venía de otra Universidad cercana. Yo la recordaba porque había venido a examinarse en Junio a nuestra Universidad. Me había fijado en ella –como todos los chicos- porque llamaba la atención por guapa pero, sobre todo, porque estaba muy desarrollada y era extraordinariamente sensual. Se llamaba Cristina. No me costó demasiado hacerme su amiga: ella no era demasiado estudiosa o no le interesaba mucho lo que estudiaba y siempre quería o necesitaba que alguien le explicase algo o los apuntes que no había cogido en clase. Yo era una de “las listas” de la clase y en cuanto me ofrecí a explicarle algo o a pasarle mis apuntes, aceptó encantada. Además vivía en la misma residencia que yo. La primera vez que quiso mis apuntes o una explicación de un tema la invité a venir después de las seis o siete de la tarde a mi habitación, habitación que yo compartía con la compañera de residencia que me había tocado y que se llamaba Julia. Julia casi nunca estaba y solía venir tarde. Cristina vino puntualmente. A esta hora, como digo, Julia no solía estar casi nunca. Cristina llegó puntualmente. La hice pasar y nos sentamos delante de la mesa en las dos sillas que había por habitación de dos camas. Primero hablamos un poco de nosotras mismas para conocernos mejor y luego le expliqué lo que quería. Cuando terminamos nos despedimos con dos protocolarios besos en las mejillas. A partir de entonces sus visitas eran frecuentes –dos o tres veces por semana-siempre a pedir apuntes o alguna explicación de un tema. Un día, después de muchas visitas, acabamos pronto la parte de explicaciones sobre la clase y nos dedicamos a charlar de cosas nuestras, de mujeres jóvenes. Quien nos gustaba, quien menos, quien nada –tanto de chicos como de chicas- y cosas así. Un día, en una se esas charlas insustanciales, yo estaba en pijama y ella todavía estaba con falda. Sin pensarlo demasiado–o quizás porque lo había pensado y calculado demasiado - me atreví a poner una de mis manos sobre sus muslos mientras continuamos hablando. Ella no se apartó ni me hizo quitar la mano y continuó hablando como si nada. Y seguimos hablando y yo empecé a acariciarle los muslos. Como siguió sin inmutarse, subí la mano para bajarle las medias y poder tocarle la piel. Ella me ayudó. Cuando se acabó de bajar las medias, dejamos de hablar al mismo tiempo, nos miramos, nos abrazamos y empezamos a besarnos... en la boca. Cuando noté que las dos estábamos ya muy excitadas, la aparté de mí y le dije: ”Espera un segundo”. Aunque estaba segura de que Julia tardaría en llegar, podía venir cualquiera otra a charlar o a pedir algo. Por eso me dirigí a la puerta y la cerré. A la vuelta no me senté a su lado sino que me fui directamente a mi cama y me tumbé encima, levantándome la parte de arriba del pijama y dejando mis pechos al aire. No hizo falta que le dijese que me acompañase porque ella ya estaba de camino. También dejó sus pechos desnudos y se acostó a mi lado. Nos seguimos besando y empezamos a acariciarnos y besarnos los pechos. Poco después ya nos habíamos desnudado del todo y nos acariciamos arriba y abajo, fuera y dentro, hasta que llegamos al orgasmo. Cuando ambas estuvimos más que satisfechas ella volvió a su habitación. Un buen rato después llegó mi compañera de cuarto, Julia. A partir de aquella tarde Cristina y yo nos veíamos íntimamente, al menos una o dos veces a la semana, casi siempre en mi cuarto porque Julia salía casi todos los días y, de vez en cuando, en el de Cristina cuando ella estaba segura que su compañera no iba a volver pronto. Pasamos así todo el primer trimestre, siendo felices la una con la otra. El problema surgió casi al final del mismo. Faltaban tres semanas para las vacaciones de Navidad. Julia había salido, como de costumbre. Cristina y yo estábamos en mi habitación, naturalmente, en mi cama desnudas, hablando y fumando un pitillo después de habernos hecho el amor. No era tarde. Estábamos abstraídas y no oímos ni nos dimos cuenta de que la puerta –cerrada- se abría desde fuera. Cuando vimos que la puerta empezaba a abrirse, nos quedamos las dos heladas. No era la Jefa de la residencia que era la única, aparte nosotras que tenía copia de nuestra habitación porque tenía llave de todas las habitaciones. Era, para mi sorpresa, Julia que volvía a una hora inusual para ella. Nos vio, nos miró y, muy prudentemente, sin pasar del umbral, dijo:“Me he olvidado de comprar tabaco. Voy a comprar. Ahora vuelvo”.Dio media vuelta, cerró la puerta y se fue. Precipitadamente Cristina se vistió y yo me puse el pijama. La pobre Cristina estaba más nerviosa y preocupada que yo misma, que lo estaba bastante. Para tranquilizarla le dije: “Anda, vete y no te preocupes. Yo lo arreglaré con Julia”.Ella, incapaz de pensar o contestar, se marchó mientras me decía: “Ya me contarás…”. Yo me puse a leer el libro que tenía en la mesita. Cuando volvió Julia, que no tardó mucho, entró en la habitación sin decirme una palabra. Como seguía sin hablar y muy seria, con el ceño fruncido, yo me preocupé más todavía y le dije: “Por favor Julia, no ya por mí, que me importa menos, pero por Cristina que es bastante inocente, no comentes lo de ella conmigo con nadie”. Me contestó secamente: Ana, tengo muchos defectos pero no soy una puñetera cotilla”.Y no volvió a decirme una palabra. Ella se desvistió, se puso su pijama, y se acostó, encendió la luz de su mesita y se puso a leer. Yo, al cabo de poco, apagué la mía, metí la cabeza debajo de la almohada -siempre lo había hecho porque me gusta dormir sin ella- y traté de dormir pero no podía, preocupada por la reacción de Julia y por Cristina, más que por mí misma. Media hora después Julia apagó su luz... Yo seguía sin poder dormir. No se si pasaron otros veinte o treinta minutos cuando oí que Julia daba vueltas en su cama, inquieta. Poco después oí que se levantaba y sus pasos desnudos por el suelo de la habitación. Pensé que iba al baño (teníamos uno en cada habitación) pero, para mi enorme sorpresa, sólo dio los tres o cuatro pasos que separaban nuestras camas. Levantó las mantas y las sábanas y se me metió en mi cama. Volvió a taparnos. Se apretó a mí, abrazándome y me dijo: “Serás cabrita. ¿Por qué nunca antes me has dicho o insinuado, por lo menos, nada sobre tus gustos? Claro, salvo que sea por que no te gusto aunque creo que no soy nada fea ni estoy mal. ¿Sabes la cantidad de salidas que me hubieses ahorrado si hubiese sabido que tenía aquí algo mejor y más bonito que lo que tuve que buscar en otros pisos y hasta en otras residencias? ¿Me puedo quedar o me vuelvo a mi cama?” Yo estaba de perfil, me volví hacia ella, noté que estaba completamente desnuda y su respiración algo alterada. Cuando tuve mi cuerpo pegado al suyo y mi boca a dos centímetros de su boca le contesté en un susurro“. No, quédate. Me encanta la sorpresa y me encantas tú, aunque siempre me has desconcertado por lo seria que pareces y jamás se me hubiera ocurrido insinuarte nada”.No hubo mas palabras entre nosotras. Yo me quité, con su ayuda, el pijama y empezamos a besarnos y con el resto de caricias propias del ritual amoroso. Cuando nuestras bocas, nuestros labios, nuestras lenguas y las yemas de nuestros dedos se cansaron de aprender la geografía de cada punto del otro cuerpo empezamos a hacernos el amor “a fondo” no sé cuantas veces, de todas los formas posibles y deleitándonos con los sabores que la otra nos proporcionaba de sus entrañas cuando, tras hurgar en ellas con dedos, bocas y lenguas, conseguíamos que manase un manantial de verdadero néctar o ambrosía, algo que sólo las mujeres podemos proporcionar. Y así hasta que, rendidas, decidimos que teníamos que dormir un poco. No se marchó y me preguntó si podía dormir conmigo. Le dije que sí, que encantada. Cuando estábamos empezando a quedarnos dormidas, me dijo, casi ya dormida:¿Y que vas a hacer con Cristina? Le dije:¿No estarás celosa ya?. Dijo: “Un poquito, sí”.Le dije: ”No te preocupes. Alguna solución encontraremos. Además es muy agradable y bastante inocente. No sabes el susto que tenía hoy, la pobre, cuando nos pillaste juntas”. Y nos quedamos dormidas, abrazadas. Todavía, al despertarnos por la mañana muy temprano, ella tenía ganas de más “juerga”así que volvimos a hacernos el amor. Cuando nos duchamos (juntas), vestimos y arreglamos para ir a desayunar, antes de salir de la habitación, me volvió a preguntar :¿Y Cristina?. Le dije: “Mira, podemos probar una cosa de momento, no sé si a ella le gustará pero es una forma de poder tratar el tema con ella. Como esta noche saldrás, como siempre...” Me interrumpió para decirme:“No, ahora ya no tengo motivos para salir. Te lo dije ayer en la cama. ¿Para que voy a buscar lo que tengo ya aquí y que me gusta más que lo que he encontrado fuera? Continué:”Bueno de todas formas, sales. Te vas aunque sólo sea a la cafetería. Te tomas un cubata -era lo que ella solía beber - despacio con dos pitillos, digamos media hora a tres cuartos, subes y nos pillas otra vez en la cama. Cristina vendrá porque yo le diré que no hay problema contigo. Entras en la habitación, te desvistes y te metes en la cama con nosotras. Veremos que pasa. Yo ya te advierto que nunca he estado con dos al mismo tiempo porque no me gustan los tríos, pero merece la pena por ver cómo reacciona Cristina y porque me gusta y no quiero de pronto echarla de mi lado. No se lo merece. Luego ya veremos. ¿Te parece bien? Frunció los labios con un gesto de malicia y dijo: No me lo perdería por nada de éste mundo. Efectivamente, en el curso de la mañana me encontré -me buscó, mas bien- Cristina. Quería, preocupada, saber lo que había pasado con Julia. Buscamos en la cafetería una mesa tranquila, donde nadie que nos escuchase, y mientras bebíamos dos cubalibres, le conté parte de la verdad. Le dije que ella me había dicho que no era una cotilla y que no diría nada a nadie. Luego le dije que viniese a la hora de costumbre a mi habitación. Vino. Cuando llegó, nos desnudamos y nos metimos en la cama. Cuando llevábamos un rato con los ritos previos, se abrió la puerta y entró Julia. Nos miró y, cerrando la puerta con el pie, sin dejar de mirarnos dijo:”Pero bueno... ¿otra vez igual? Por lo menos podríais invitarme”. Cristina me mi miró interrogante con cara medio de susto, medio de sorpresa. Yo le dije en un susurro: “Déjala. Qué vamos a hacer”.Y luego en alta voz le dije a Julia: “Pues anda, ven”.En un abrir y cerrar de ojos se había desnudado y metido en la cama con nosotras. Cristina quedó en medio. Fue la primera y una de las dos o tres únicas veces en mi vida que estuve en la cama con más de una mujer. Me gusta la privacidad, al menos en la cama. El caso es que lo pasamos bien. Al principio Cristina estaba un poco cortada, sin atreverse a participar en el juego. Pero en cuanto empezó a recibir caricias de las dos al mismo tiempo, una besándola en boca, la otra los pechos y las dos acariciando sus muslos, se puso como una moto sin freno y empezó a participar en el juego. En un momento determinado mientras una le besaba en los labios y en los pechos, chapándoselos como si fuesen caramelos, la otra besaba su monte de Venus, introduciendo la lengua, jugando con sus clítoris y metiéndole uno y hasta tres dedos en su vagina. Cuando llegó al clímax de su orgasmo, que le duró lo que nos pareció una eternidad, tuvimos que taparle la boca con una mano porque eran tan fuertes sus quejidos que teníamos miedo a que los oyesen desde alguna habitación contigua. A partir de ese momento perdió todo control y se desinhibió por completo. Tan pronto se volvía hacia la una como hacia la otra para besarnos y hacernos gozar de cómo lo habíamos hecho con ella. Al final las tres participamos de todas las formas imaginables hasta que nos quedamos las tres satisfechas y agotadas. Después Cristina se vistió y volvió a su habitación. Julia y yo, todavía en la cama desnudas, nos quedamos una frente a la otra mirándonos y sin decir nada. Por fin fue Julia y, con una maliciosa sonrisa, rompió el silencio diciéndome: ”¿Y ahora que va a pasar, cabrita? Porque buena la has organizado: yo, ahora que sé lo tuyo, no quiero quedarme fuera y, por otra parte, para mí, en estas cosas dos son compañía y tres una multitud. O sea que suma, resta y mira como arreglas la cuenta para que el total sea dos: tú y yo”.Tras pensarlo un poco le dije: ”Mira, quedan tres semanas para Navidades y dos escasas para irnos a casa de vacaciones .Cuando volvamos en Enero pueden haber cambiado mucho las cosas. Y añadí sonriendo con malicia: Quizás de salga un novio”. Me miró, frunció el ceño, como enfadada pero, sonriendo, me golpeó suavemente en los pechos y dijo: “De eso nada. De carne de macho hace mucho que quedé harta y juré que no la volvía a probar en mi vida. Solo me gusta la de hembra y especialmente la tuya desde que te conocí. Pero, ahora en serio, ¿qué vas a hacer?.Le contesté:”Mira Julia, antes de irnos de vacaciones, déjame un día a solas con Cristina que conmigo tiene mucha confianza. La sondearé y veré que piensa de ésta “menage a trois” que hemos organizado hoy. Si la conozco bien y su timidez creo que le habrá parecido demasiado y, sin casi forzarla, creo que hará un discreto mutis por el foro”.Me dijo que no le parecía mal la idea y que la avisase que día elegía para no acercarse ella. Para terminar añadí: “Además te voy a decir algo: me gustas tú mucho más porque eres más adulta mentalmente, nos parecemos más en gustos y, pese a lo poco que hemos hablado éste trimestre, creo que sintonizamos y lo haremos mucho mejor. Además eres más guapa, de hecho, eres muy guapa“.No nos dijimos nada más. Nos dimos un profundo beso en la boca y quedamos dormidas juntas. Antes de terminar el trimestre encontré un día perfecto. Cristina quería unos apuntes para un examen y la invité a venir a mi habitación. Me preguntó si íbamos a este solas y le dije que sí. Vino puntual. Yo había advertido ya a Julia de que no apareciese. Le dí a Cristina los apuntes que necesitaba y alguna explicación complementaria y luego le dije:”Cris, nos vamos en cinco días, ¿quieres que nos despidamos? Me contestó con un deje de rencor: ¿No aparecerá “la otra”?. Le contesté que seguro que no porque había ido con una pandilla a celebrar el fin de trimestre y las próximas Navidades. No dijo más y pronto estábamos en la cama. Antes de empezar nada le dije: ¿Qué querías que hiciese el otro día? Yo no la conocía a penas y no sabía como iba a reaccionar. Si era una cotilla puritana podía contar lo nuestro por toda la Universidad con lo que, al pedirnos unirse a nosotras, estábamos las tres en la misma barca y no podía decir nada. O sea que lo arreglamos bien”.Ella me dijo:”No, si a mí me parece que resultó mejor de lo que yo esperaba porque tenía mucho miedo. Todavía más porque hay un chico que anda detrás de mí y no me desagrada. De hecho he aceptado tres o cuatro veces salir con él a tomar una copa y si se entera de esto ni me vuelve a mirar”.Le dije que ya no tenía por qué preocuparse y que, después de las vacaciones, todo sería distinto. Acabamos y se fue a su habitación. Llegó Julia un buen rato después y entró alegremente, con las manos a la espalda, como escondiendo algo y dijo: ”Si te conozco ya un poco estoy segura de que todo ha ido bien. Cuéntame”. Se lo conté todo y dijo: ”¿Ves?. Estaba segura de que tú lo arreglabas lo mismo que estoy segura de que serás una gran abogada. Vamos a celebrar todo eso y la despedida en privado antes de la vacaciones”.Y sacando las manos de detrás del abrigo –ya hacía frío- sacó una botella de whisky, dos de soda y una bolsa de cubitos de hielo. Sacó dos de los vasos que teníamos, sirvió dos generosos whiskys, los puso encima de su mesita y, mientras se desvestía me dijo indicándome su cama: ”Hoy te invito a mi casa”. Y me indicó que la acompañase. Yo tenía poco que quitar porque después de irse Cristina sólo me había puesto las bragas y la bata encima. O sea que no tardé nada en meterme bajo las sábanas y mantas de su cama. En segundos estaba Julia a mi lado, satisfecha como el gato que acaba de comerse un pajarito. Solo le dije: ”Bebamos despacio el whisky y hablemos porque tengo que descansar un poco. No hace demasiado que se ha ido Cristina”.Tomamos dos whiskies. Hablamos mucho de todo y de nosotras y luego nos hicimos el amor. En los cuatro días que quedaban no paso nada especial. Julia y yo, con o sin sexo, dormíamos siempre juntas. Y nos fuimos de vacaciones. Antes de que vuelva con el próximo trimestre, describiré lo mejor que pueda a Julia porque fue parte muy importante de mi vida durante casi diez años de mi vida. Era morena clara, casi castaña, con unos grandes ojos verdes oscuros que resaltaban del resto de su cara. Su cara era oval, con una nariz recta, pequeña, perfecta. Tenía los labios carnosos sin llegar a gruesos. La barbilla aguda, de las que indica carácter. Lo único que hacía que no se fijase uno, de entrada, en su indudable belleza era su gesto siempre duro y adusto que hacía que todos y todas creyésemos que era muy antipática. Cuando hablaba relajada con alguien de su confianza o se sonreía, desaparecía esa adustez y se transformaba dejando ver lo guapa que era. El cuerpo era también una preciosidad. Era un poco mas alta que yo -1.68 aproximadamente- y tenía unos pechos generosos sin llegar a ser demasiado grandes, culminados por unos pezones enormes y morenos. Tenía unas piernas largas y muy bien formadas y sus muslos gruesos y duros, sin llegar a ser gordos, eran una maravilla. Su culito era perfecto, nada caído, duro y que, se vistiese con lo que se vistiese, falda o pantalón, quedaba claramente marcado sobresaliendo del resto de su espalda. Su vulva, aunque no estaba afeitada, ofrecía un monte de Venus sumamente cuidado, sin demasiadas espesuras y muy bien podado que parecía un bulevar con dos hileras de bien definidas a cada lado de su entrada. Y los labios que marcaban la entrada, sonrosados y carnosos. Lo sé tan bien porque, como explicaré, convivimos prácticamente cuatro años seguidos, incluidas las vacaciones (salvo pequeñas interrupciones que organizábamos de mutuo acuerdo para no despertar sospechas en nuestras familias) y otros cinco largos cuando ya estábamos se paradas físicamente por razón de nuestro trabajo. Cuando regresamos en Enero las cosas cambiaron bastante en un sentido. Julia y yo, cuando nos acostábamos y estábamos seguras de que ya no vendría ninguna compañera a pedir algo (apuntes, charlar, invitarnos a salir a tomar una copa... cosas así que eran normales y frecuentes) lo hacíamos ya siempre juntas, bien en su cama, bien en la mía, salvo que alguna tuviese gripe o algo así. (Las “enfermedades” periódicas y mensuales de las mujeres no nos impedían dormir juntas, sino que lo hacíamos con más cariño, preocupándonos por las molestias de la otra y atendiéndola en lo posible. Las visitas de Cristina, que ya eran sólo para temas de estudio y nunca de sexo, empezaron a espaciarse hasta que, cuando llevábamos unas tres semanas de trimestre, nos vino a contar a las dos, radiante, que se había hecho novia definitivamente del chico que andaba detrás de ella que a no le disgustaba. Nos volvió a rogar, casi a implorar, que nadie se enterase de su pequeña aventura lésbica. Le juramos que podía estar tranquila. Entre Julia y yo empezó a crecer algo mucho más profundo que el sexo y a las pocas semanas nos confesamos mutuamente que, sexo aparte, nos queríamos muy profundamente. A partir de entonces nuestra vida fue como la de una verdadera pareja. De hecho lo éramos. Aunque salíamos con las pandillas de amigos y compañeros al cine o a tomar copas, el resto lo hacíamos todo juntas. Nuestros amigos y amigas o pretendían no darse cuenta de nuestra relación muy íntima –aunque jamás hicimos ninguna demostración pública de amor- o lo daban por supuesto y lo aceptaban con cierta normalidad pues tampoco era el único caso. Ella y yo nos comprábamos juntas la ropa, nos aconsejábamos sobre que le gustaba más a la otra, etc. Y así lo compartíamos todo desde que nos acostábamos juntas hasta que nos volvíamos a acostar la noche siguiente. Esto no quiere que no tuviésemos pequeñas discusiones, generalmente por temas de estudio y por opiniones diferentes de cómo debía prepararse un determinado tema o asignatura. Además Julia era tan buena estudiante como yo y le gustaba la carrera tanto como a mí y quería también como yo, ejercer de Abogada cuando terminase. Para poder pasar las vacaciones juntas ya que éramos incapaces de pensar que íbamos a estar mucho tiempo separadas, organizamos un bien preparando y minucioso plan para convencer a nuestras respectivas familias, sin despertar sospechas de lo que había entre nosotras. Así en las siguientes vacaciones, las de Semana Santa, la invité a mi casa (previa consulta a mí madre que ni sabía ni sospechaba nada, diciéndole que era mi mejor amiga). Como había sitio de sobra en mi casa, mi madre no tuvo inconveniente y cuando llegó, Julia muy educada y servicial, le dijo a mi madre que ni se le ocurriese abrir -como ella quería- la habitación de invitados diciéndole que para dos semanas o poco más no merecía la pena tantas molestias y que podíamos dormir juntas en mi cama que era amplia. Mi madre, preocupada, le preguntó si estaba segura de que iba a estar cómoda. Julia juró que sí. (Mi madre nunca imagino que cómodas estuvimos las dos). A mi familia les encantaba que tuviera a Julia como mi mejor amiga pues tenía todo le que e ellos les gustaba: educada, de buena familia y, encima, guapa. Eso nos proporcionaba un gran margen de seguridad, fuera de cualquier sospecha. Aunque eran unas vacaciones cortas, las aprovechamos y disfrutamos al máximo pues al estar más relajadas, nos concentrábamos mejor en nosotras mismas. La única precaución que tomábamos -aunque mi habitación quedaba un poco apartada de las demás- era que nuestros quejidos de placer no se llegasen a oír en las otras habitaciones. Fue durante estas vacaciones cuando Julia descubrió algo de mí que, pese a las veces que habíamos hecho el amor antes, no había tenido oportunidad de ver. Quizás porque en la residencia yo nunca me había relajado totalmente porque siempre mientras hacíamos el amor estaba con un oído y uno o dos sentidos puestos en percibir cualquier ruido en la puerta o en el pasillo por la razón que fuese, mi clítoris nunca había alcanzado su máxima erección. Una de las noches en que las dos estábamos especialmente excitadas y haciéndonos el amor, cuando era casi de madrugada y no se oía un ruido en toda la casa, ella me dijo: ”Ana me gustaría seguir pero con la luz encendida porque quiero dar gusto también a mis ojos. ¿Te importa si enciendo la luz?.Le dije que en absoluto. La encendió y me pidió que permaneciese pasiva, que quería hacerlo todo ella. Accedí y no dejó un centímetro de mi cuerpo sin acariciar, besar o lamer, desde el interior de mis orejas hasta toda mi espalda, incluidas las nalgas y la entrada de mi ano. Se reservó para el final mi vulva. Cuando llegó a ella yo estaba ya tan excitada que mis jugos empezaban a empapar la parte superior de mis muslos. Ella lo notó y los lamió como si hubiese encontrado una golosina. Cuando empezó a abrir los labios mayores de mi vulva con sus dedos, dio un pequeño grito de sorpresa pues surgió de entre ellos como una serpiente que sale escondrijo, mi clítoris en su máxima erección y puede alcanzar algo más de 4 cm. Ella se quedó parada unos segundos y, pasada su sorpresa, me dijo: Pero Ana:¿Qué es esto? ¿Cómo no lo había visto antes y por qué no me lo habías dicho? Le contesté porque no siempre se ponía así. Ella dijo:”Pues prométeme que esta maravilla es sólo mía”.Yo, riéndome, le contesté:”Pues claro que sí, amor mío. Es sólo para ti y puedes hacer con él lo que quieras. En verano, que eran más de tres meses de vacaciones, ella me invitó a su casa en Santander. Como era demasiado tiempo y ella lo admitió, buscamos una solución que fuese buena para todos, pensando en nuestras familias. Y así decidimos que yo me iría dos semanas a mi casa, ella a la suya a preparar a su familia para mi llegada y que yo volvería a mi casa diez días o así antes de empezar el nuevo curso. Así lo hicimos y salió perfecto. Su familia no sólo me recibió encantada sino que llegaron a decirle a Julia delante de mí, que por qué no todas sus amigas eran tan educadas y agradables como yo. Y me invitaron a volver en las vacaciones que quisiera. El resto de la carrera trascurrió igual. Como una verdadera pareja: era la primera vez en mi vida que yo era mayor y no era utilizada y abusada, y pocas veces he me he sentido y he sido tan feliz y sin que mi hiriesen o hiciesen daño, cosa que ha sido demasiado frecuente en mi vida. Las vacaciones nos arreglábamos para pasarlas, al menos en parte, juntas, bien en su casa bien en la mía. Como éramos extraordinariamente cuidadosas y ninguna de las dos tuvo jamás gestos o ademanes masculinos sino que ambas éramos muy femeninas en todo, ninguna de nuestras familias sospechó lo que existía entre nosotras. Nuestras pandillas respectivas en nuestras ciudades aceptaron encantada a la amiga de la otra y tampoco nunca sospecharon nada. Pero todo tiene final en ésta vida y la felicidad todavía es más corta. La de Julia y mía terminó con la carrera. Las dos estábamos contentas porque terminamos con excelentes notas. Pero también con profunda tristeza porque sabíamos que era, forzosamente, el final de nuestra larga y profunda relación. Nuestras vidas tomaban caminos muy diferentes: ella se volvía a Santander dónde, gracias a sus amistades y las de su padre, quería establecerse como abogada. Yo ya había planeado más o menos mi futuro: sabía que no quería quedarme en mi ciudad porque el ambiente en mi casa por los problemas, cada día más graves, entre mis padres la habían convertido en un infierno y yo, como mayor de todos los hijos, era la que tenía que poner paz. Hacer de cortafuegos, oír las críticas de cada uno de ellos hacia el otro y así hasta el infinito. Por eso, mediante un amigo mío de allí, dos años mayor que yo que estaba trabajando en un bufete colectivo muy grande de Madrid, tenía una medio oferta porque siempre necesitaban jóvenes con buen expediente académico y, sobre todo, hablando inglés, cosa que yo hacía desde muy pequeña. Como a Julia y a mí nos costaba separarnos, después de tener las calificaciones, nos quedamos todavía tres o cuatro días a celebrar juntas nuestros títulos. Después pase un mes del verano (ya no eran vacaciones) en su casa. Y nos despedimos con la promesa por mi parte de enviarle mi dirección en Madrid, en cuanto tuviera una. Nuestra despedida real fue durante la noche, juntas en la misma cama, y sollozando unas veces de placer, otras, con lágrimas de pena por el fin obligado de nuestro amor. La despedida oficial fue al día siguiente al despedirme muy formalmente de sus padres, hermanos y de ella misma con dos inocentes besos en las mejillas, prometiendo escribir. Volví a mi casa. En cuanto llegué llamé a mi amigo en Madrid. Le localicé en el teléfono del despacho dónde trabajaba y dónde yo tenía una medio oferta. Le dije que ya tenía el título y unas calificaciones inmejorables. Me dijo: “Querrás descansar unos días. Ya he hablado con Manolo, mi jefe, y me ha dicho si puedes estar aquí a primeros de Septiembre para hablar contigo”. Le dije que sí y quedamos para uno de los primeros días de ese mes a la 10 de la mañana. Como yo no tenía sitio buscado me dijo que, mientras buscaba, podía ir unos días con él y su mujer (a la que yo no conocía) a su casa. Como no tenían hijos todavía y yo no iba a molestar, le dije que sí, que se lo agradecía. Me quedé en mi casa con mi familia hasta Septiembre. A primeros me despedí y me vine a Madrid Mi amigo y su mujer me recibieron encantados. Al día siguiente me fui con él, José Antonio, al despacho. Me mandó esperar en el suyo mientras hablaba con Manolo, el jefe. La espera fue breve. En seguida me recibió cordialmente y, tras saludarme en español con fuerte acento cubano (era hijo de españoles emigrados a Cuba y luego habían regresado por Fidel) empezó a hablarme en fluido inglés y me dí cuenta que le importaba más esto que mis conocimientos jurídicos, sobre los que me preguntó también en inglés .Cuando acabó su interrogatorio me preguntó, ya en español ¿Puedes empezar mañana a las diez? Le dije que sí y sólo añadió que, cuando llegase, me pusiese a las órdenes de José Antonio porque iba a ayudarle en el departamento que él llevaba (sociedades). Esto fue el inicio de mi actual vida. Estuve allí tres años (y acabé siendo la jefa del departamento cuado José Antonio pasó a llevar Impuestos) hasta que tuve amistades y clientes particulares suficientes para independizarme y empezar mi propio despacho. Terminé bien con Manolo, tan bien que incluso me mandó asuntos de tipo procesal-civil que ellos no llevaban en su despacho. Pronto tuve un pequeño apartamento muy bien situado, no caro de alquiler y cerca del despacho. Por cierto: no terminó mi amor y amistad con Julia. Tan pronto como tuve domicilio propio le comuniqué mi dirección y teléfonos –el propio y el del despacho-y cada vez (no frecuentes) que ella tenía que venir a Madrid por asuntos profesionales, me avisaba y nos encontrábamos para comer o cenar o ambas cosas (según lo que tuviese que hacer) y, desde luego, para pasar la noche juntas en su hotel o en mi apartamento. Hoy día sus visitas soy muy poco frecuentes pero todavía nos escribimos de vez en cuando o, cuando pasa mucho tiempo, nos llamamos por teléfono. Seguimos teniéndonos un profundo cariño y amor. Con ella terminó mi único amor sinceramente correspondido y mutuo y que fue el más largo de mi vida, aunque sólo duró cuatro años de Universidad y casi otros cinco después con viajes míos allí o de ella aquí y las vacaciones juntas hasta que ella optó definitivamente por quedarse en Santander bajo las protectoras alas de su padre que le proporcionaba buenos asuntos personales más otros buenos clientes. Y para terminar se enamoró de una chica de allí con la que convive aún actualmente. Nota final: Por no repetirme no he descrito las situaciones íntimas de amor entre ella y yo pero, resumiendo, puedo decir que en esos largos nueve años no hubo, no quedó ni un centímetro cuadrado de nuestra piel, de nuestro cuerpo, que no conociésemos de memoria y a ciegas. Ni uno que no hubiésemos recorrido con nuestros labios, nuestras lenguas, nuestros dedos y con las yemas de estos. Tanto de nuestra piel exterior como interior, cada pliegue y cada recoveco de la misma. Por delante, por detrás y por los lados. Coincidíamos en todos nuestros gustos y, si no era así, aceptábamos con gusto el deseo de la otra pues nuestra intención y deseo era complacernos en todo mutuamente. Así, por ejemplo, a Julia le encantaba que yo jugase con mi boca, lengua y dedos su anito. La primera vez que me lo pidió yo sentí cierto rechazo pero la obedecí y acabé aficionándome a su gusto y, sin que me lo pidiese, siempre había algún momento en nuestros ratos de cama que dedicaba a satisfacerla allí y ella acabó pidiéndome que lo probase yo también lo que ella hizo con deseo y verdadera pasión...y acabó gustándome también a mi. Nuestro único no disgusto pero si “no gusto” compartido fue por los artificios no naturales, fuesen eléctricos o no: los probamos no más de dos o tres veces y los rechazamos pues descubrimos que no hay nada como los órganos de que nos ha dotado la naturaleza para proporcionarnos el mejor placer: son botones de ninguna clase y con más rapidez responde el cerebro humano y los dedos a lengua o la boca al deseo y petición de la compañera: así, así... más rápido, más rápido... despacito, muy despacito...más dentro, hasta dentro...etc. Y ningún artilugio artificial puede adaptarse tan bien a una oquedad del cuerpo humano como unos dedos o una lengua. Incluso sin recibir órdenes de la pareja, el propio instinto de una sabe y adivina lo que la otra desea y necesita en cada segundo. Si alguna lectora quiere ponerse en contacto conmigo estaré encantada en contestarle lo que quiera a mi e-mail. |
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Stop a la Pedofilia
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