Relatos |
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Ya me estaba cansando de tener el cigarrillo encendido entre mis dedos. Nunca me gusto fumar, a decir verdad creo que empecé por que creí que era un buen accesorio para una persona con mi estilo de vida. Mas de una vez había encendido un cigarrillo en las noches de frió pensando en que me daría un poco de calor, ahora que lo pienso suena absurdo, pero era una buena excusa para hacerlo. Por la ventana del cuarto del motel podía ver una calle oscura con algunos locales aun abiertos. En su mayoría eran locales nocturnos y el motel en donde me hospedaba era uno por turnos, pero luego de pagarle unos buenos dólares al dueño dejo que me hospedara, eso si, tenia que pasar desapercibido, no se muy bien el porque pero accedí, todo mi vida lo hice, no era nada difícil. El cenicero estaba que explotaba de colillas, partículas de cenizas se deslizaban sobre la mesa, algunas se encontraban sobre el mango de mi 9mm. Era una noche fría cuando salí del motel. Por un momento me sentí invisible, el portero ni me vio, es mas las prostitutas que se amontonaban en la puerta ni percibieron mi presencia, creo que es el mal karma que llevo conmigo. Estas mujeres saben oler los problemas, me encantan. Mientras caminaba por las calles del barrio, unos borrachos reían en un callejón, alumbrados por un pequeño fuego, proveniente de una lata, un hombre muy bien vestido, de traje y corbata recibía las dulces caricias de los labios de una jovencita. No parecía mayor de 17 años pero la destreza con la que manejaba el miembro de este hombre entre sus labios, me hizo desearla. Un suave hilo de seda color rojo se asomaba sobre su minifalda marcando la unión de su cadera con sus muslos. Los profundos ojos negros de la niña se clavaban en los del hombre, como pidiéndole que acabara para ella. Una de sus pequeñas manos masajeaba los testículos, frotándolos con fuerza. El afortunado hombre con un entrecortado espasmo acabo en la boca de la niña, ella retiro su boca del pene y escupió en el piso una considerable cantidad. El guardo su miembro y siguió su camino mientras que ella se acomodaba el cabello y hacia buches con un poco de agua mineral, contó el dinero que había ganado y tomo su lugar en la acera, esperando una nueva aventura. Siempre supe, en mis experiencias particulares, que las chicas buenas solo traen problemas, es por eso que respeto mucho a las putas, mas aun a las que respetan su oficio. Nunca tuve la mala suerte de enamorarme, de todas formas no creo que una buena chica se pudiera enamorar de un demonio como yo. La pobreza del barrio iba quedando atrás y las luces del centro de la ciudad me mostraban una vida mucho más llamativa. Los autos lujosos, los viejos adinerados rodeados por hermosas mujeres, realmente no encajaban en un sitio como aquel. Mi trabajo es muy bien remunerado, no me gustan los lujos pero elijo vestirme bien. Por lo general evito mostrarme realmente como soy, solo lo hago con pequeños detalles, como por ejemplo los tragos que tomo. Llego a un restaurante muy lujoso. Los colores calidos predominan, un trío de negros toca un jazz de fondo. La felpa roja de los asientos sobresale sobre las demás cosas. Veo que dos mujeres solas en la barra se me quedan viendo. Una me sonríe, pero cuando se pone de pie su amiga la retiene por el brazo y le susurra algo al oído, con preocupación en sus miradas dejan el lugar. Mi fama me persigue. Pedí un plato liviano, no tenía hambre y un buen baso de escocés con un poco de agua mineral. Me encontraba cerca de la banda y con el restaurante lleno tocaban algo más clásico, habían dejado de lado el jazz. Justo antes de terminar mi trago, las luces se apagaron y un sujeto bastante jocoso presento a la estrella del lugar. Una joven de unos 23 años salia al escenario, los aplausos llegaban de todos los rincones, hasta algunos mozos con la bandeja bajo el brazo la aplaudían. Su largo cabello negro partía su pálido rostro en dos. Sus labios rojos se asemejaban al botón de una roza, pero sus profundos ojos verdes me regalaron un poco de calor. Su vestido cortó pero elegante dejaban ver dos piernas hermosas, firmes y bien marcadas que terminaban en unos finos tobillos. Sus senos se asomaban en parte por un pequeño escote que enmarcaba sus formas perfectamente. Encendí un cigarrillo y la contemple. Su voz podía ablandar hasta el mas duro de los corazones, menos al mío. La banda y ella eran uno, pero algo cortaba la magia. Los ojos de esta hermosa mujer se desviaban cada cinco segundos a un rincón oscuro del restaurante. Había un nerviosismo casi imperceptible en ellos. Apague mi cigarrillo y entre los restos de humo de la colilla pude distinguir a uno de los empresarios mas adinerados de la ciudad. Cada tanto su rostro se veía en los periódicos incluso en la TV. Siempre rodeado por sus dos guardaespaldas, observaba a la joven, que cada ves que lo miraba, el le respondía con gestos obscenos. El recital concluyo y todos retomaron sus bebidas. La joven se perdió tras bambalinas, el viejo ordeno una botella de champaña y tomándola por el corcho junto a dos copas se fue tras la joven seguido por sus dos gorilas. Tras unos minutos me encontraba en la salida de emergencia del restaurante. Con una navaja forcé el candado y entre a un largo pasillo, que olía a comida, seguramente la cocina debería de estar cerca. Mientras caminaba con cuidado por el pasillo pude ver a uno de los guardaespaldas del viejo cuidando la puerta de uno de los camarines. Supuse que el otro estaría en el baño o recorriendo los pasillos. Lo encontré hablando con una linda mesera, se la veía un poco incomoda, mientras que el gorila reía sonoramente alardeando de sus dotes sexuales, tras unos minutos la mujer se fue dejándolo solo hizo un gesto de desgano y se apoyó sobre la pared. El hombre se encendió un cigarrillo justo en el momento en que mi navaja le atravesaba la garganta. El gigante se volteo y con sus ojos inyectados en sangre tomo mi mano, la que sujetaba la navaja y jalo con fuerza. La sangre acaramelada manchaba mis manos y su camisa, el grandote iba perdiendo su equilibrio y con todas mis fuerzas tire de la navaja desgarrando por completo su garganta. Unas gárgaras surgieron de su boca y se desplomo. No creí que fuera tan pesado pero me llevo un tiempo esconderlo en el cuarto de servicio. Ya con mi 9 mm desenfundado recorría el lugar, cuando escuche la voz del otro guardaespaldas preguntando por este. Al doblar por el pasillo, se encontró con el silenciador apuntándole a quema ropa, jale dos veces el gatillo, impactando en su pecho y abdomen, cayo arrodillado mientras que un charco de sangre se formaba bajo sus rodillas. Con la punta de mi zapato lo empuje hacia atrás, al caer tenia un 38 especial entre sus manos ensangrentadas, escuche el disparo, y sentí un ardor en mi costado derecho, las cosas estaban empeorando. Retrocedí un poco sorprendido y adolorido y con un poco de suerte y puntería, mi disparo se incrusto sobre su ceja derecha. Un poco agitado y sabiendo que mi herida solo era superficial me encamine hacia el camarín con rapidez, temía que el sonido del 38 llamara la atención de los comensales. En la puerta se leía "Natalia Barbados" debajo de una estrella dorada pegado con dos pedacitos de cinta amarillenta. Una música sugestiva se oía dentro del cuarto. Natalia se encontraba de pie, dándole la espalda al anciano, que la observaba sentado en un pequeño sillón. Solo se oía hablar al pequeño vejete, ella seguía inmóvil, como una muñeca de porcelana. Hablaba sobre unas deudas de familia, Natalia cerró el puño con odio, pero no se volteo, sus nalgas se marcaban exageradamente en el corto vestido. El hombrecito nombro al difunto padre de Natalia y a su madre, que al parecer se encontraba hospitalizada bajo los síntomas de una enfermedad muy grabe. Natalia se volteo con fiereza y de haber sabido que los matones se encontraban muertos, se hubiese arrojado sobre el viejo carcamal con todo el odio del mundo. Sus ojos guardaban lágrimas, pero no quería derramarlas para el placer del viejo. Le dio una orden que no pude oír, el tomo la botella de champaña y sirvió dos copas, Natalia tomo una y de un solo trago bebió su contenido, él simplemente sonrió y le ofreció la suya. Sin previo aviso Natalia volvía a encontrarse de espaldas, seguía suavemente el sonido de la música con sus caderas, el viejo tomaba de a sorbos y se manoseaba la entrepierna, con un suave movimiento la falta de Natalia subía lentamente, la forma de sus nalgas se dejaban ver bajo la luz del cuarto, eran realmente hermosas. Una fina prenda de encaje se perdía en ellas, los movimientos de su cadera no paraban. El hombre ya sostenía su glande entre sus manos, no estaba erecto aun, pero una pequeña gota sobresalía de la punta. El viejo se masturbaba despacio, quería aprovechar cada instante, Natalia se volteo y sin querer mirar al viejo continúo con su baile. Tomo con ambas manos la parte superior del vestido y se lo quito por sobre su cabeza. Sus pechos se mecían dentro de su brasier de encaje que hacia juego con la delicada tanga, el miembro del vejete ya tenia un tamaño bastante considerable para alguien de su edad. Las venas le recorrían, perdiéndose en la base de la cabeza que estallaba en un rosado oscuro, bañado en un líquido pegajoso. Con un sutil movimiento el sostén de ella recorrió sus brazos, cayendo a sus pies, sus senos perfectos produjeron un fuerte suspiro en el viejo, que arremetió con más fuerza, sobre su glande. La música persistía, con gracia Natalia se inclino y se quito la tanga. Un pubis perfectamente rasurado se dejo ver entre sus dulces muslos. Con un solo clic, el hombre apago el equipo de audio. A decir verdad hubiera querido que continuara. El viejo se recostó sobre el sillón, su pene se erguía unos pocos centímetros sobre los apoya brazos, Natalia sabia lo que tenia que hacer, se acerco presionando fuertemente sus dientes, desbordaba de furia. Se detuvo entre las piernas del hombre que sin pantalón reía de placer. Con la punta de los dedos recorrió los muslos de Natalia desde su rodilla hasta su nalga. Sus manos intentaban abarcar por completo los glúteos de ella, pero se le hacia imposible, sus dedos se abrieron paso hasta su pequeño ano, Natalia solo miraba hacia arriba, intentando ocultar sus lagrimas. Con un fuerte giro, Natalia se encontraba sentada sobre su pene. Sin penetrarla ella sintió como el glande del viejo se paseaba cómodamente entre sus nalgas, las manos del viejo la obligaban a frotar su culo contra su glande. Uno de sus pechos se vio invadido por la mano del viejo, que presionaba con fuerza su pecho. Los dedos en forma de pinza jugueteaban con su pezón, mientras que la otra mano luchaba por introducirse entre sus piernas. Con brusquedad la empujo forzándola a caer de bruces al suelo, sobre su hombro, Natalia pudo ver al pequeño sujeto sosteniendo su pene, un hilo viscoso se depositaba sobre una de sus nalgas. El viejo escupió sus dedos y humecto los labios de la vagina de ella, que con sorpresa esperaba. La desesperación del viejo retraso su entrada en ella, su pene se resbalaba sobre sus labios. Natalia quería poner fin a esta pesadilla, tomo el pene del anciano y lo guió hasta la entrada de su vagina. El Viejo bombeo por unos escasos minutos y descargo un fuerte chorro dentro de ella. El viejo totalmente vestido contemplaba el cuerpo desnudo de Natalia que yacía sobre el piso. Su blanca esperma se asomaba por entre los labios de la vagina y muy satisfecho, subió el cierre del pantalón. Abrí la puerta firmemente sosteniendo mi 9mm a lo largo de mi brazo. El viejo se sorprendió mucho al verme, con mis manos bañadas en sangre y una herida en mi costado. Retrocedió diciendo unas cuantas estupideces, Natalia se tapaba con la ropa desparramada que había sobre el suelo. El pobre vejete saco una abultada billetera y me ofreció unos cuantos dólares, hasta quiso ofrecerme a Natalia. Los sesos del viejo decoraban la blanca pared, ese disparo había pasado demasiado cerca. Natalia sostenía un revolver y volvió a disparar, percibió en mí las intenciones de matarla. Totalmente desnuda vació su cargador mientras yo me ocultaba tras un sillón un poco más grande. Las cosas se seguían complicando. De todas formas al viejo lo hubiese matado. Ella buscaba desesperada mas balas en el cajón, yo no quería arruinar su rostro. Salí de detrás del sillón y dispare. Mi bala le atravesó el corazón. Sus ojos me volvieron a regalar calor. Esa noche deje de fumar. |
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Stop a la Pedofilia
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