Relatos |
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Siempre había sentido curiosidad por mis parientes del norte, así que aprovechando unas vacaciones me fui a Asturias a conocerlos. Me dirigí a la Cuenca donde estaba la mayoría de ellos. Y la primera parada fue en casa de unos primos por parte de padre. Cuando la vi por primera vez me pareció una de esas “niñas santas”, callada, modosita, elevando su voz al límite del susurro. La típica chica educada en el pueblo de mi abuelo. Perfecta para el siglo XVIII. Por “motivos de espacio” tuve que alojarme en casa de su abuela. Esa fue la excusa más pobre que había escuchado en mi vida para preservar la virginidad de una mujer. Yo no era un mal chico aunque mis pintas dijesen lo contrario. Me llevó a casa de la abuela y después de los típicos aquí está la cocina y aquí el salón... me di una ducha mientras ella me preparaba la comida. Tal vez pensaban que yo no sabía cocinar o algo parecido. Al irme a la cocina para comer la oí hablar; tal vez por teléfono. Tan callada y modosita de un principio y por teléfono decía tacos y utilizaba muy bien el doble sentido de algunas palabras. - Valla putada tengo que cambiarme en tu casa. Me compré una camiseta en que se me ve el tatuaje por completo- La verdad es que estaba sexy a contraluz con un cigarrillo en la mano y esas camiseta que le transparentaba todo, hasta el tatuaje de su espalda...Como las chicas malas de los comics. - Bonito tatuaje- le dije al entrar en la cocina. Casi sin darse la vuelta colgó el teléfono - No se lo dirás ha nadie, ¿verdad?- fue su respuesta mientras se apoyaba en la ventana me dejaba ver su ropa interior. Lo del tatuaje claro que no se lo iba ha decir a nadie pero si lo de la raya que había encima del mármol. Suplicándome que no se lo dijese a sus padres se puso de rodillas. Me negué de un principio, tenía que decírselo a alguien. Tenía la negativa en mis labios hasta que pronuncio las palabras mágicas - Haré lo que tú quieras- La curiosidad por algo que nunca había podido disfrutar, hizo que me olvidase de lo que había visto. Levantándola del suelo le pedí que... me enseñase como una mujer se masturbaba. Como serian ellas a solas, como había que hacer para darles el mayor placer posible. Me llevó a la cama y pidiéndome que la desnudase, descubrí su pubis rasurado lo suficientemente largo para no molestar. Las piernas largas y suaves que aprisionaban lo que aprisionaban lo que tanto ansiaba ver. Se frotó contra mí, sentía su trasero por encima de mi pantalón, haciendo que ese toque me pusiera a cien. Le quité la camiseta y el sujetador mientras se pegaba a mi pecho. Ya desnuda se pegaba más a mi cuerpo y se rozaba maravillosamente sobre mí. Comencé a acariciarle los pechos, los para que se volviesen suculentos, duros pezones. Ella bajo sus manos hasta sus piernas y comenzó a manejar para mi esa joya que había allí. - Quiero verlo- Se tumbó en la cama, abrió sus piernas para que yo lo viese; estaba empezando a lubricar, a humedecerse. Comenzó a apretarse con toda la mano duramente, mientras se humedecía más. Estaba excitándome con todo ello. Notaba como me estaba poniendo más cachondo y como mis pantalones lo empezaban a sufrir; pronto jugó con su clítoris mientras yo buscaba en mis pantalones. Estaba a punto y cada vez se abría más para mí. Metió un par de dedos, poco a poco, de forma lenta y continua, haciendo que me corriese de placer al verlos entrar y salir. Mientras que con la otra se tocaba los pechos una y otra vez - Metemelos tu – susurró excitada pero al ver lo que estaba haciendo con mis manos, dijo que lo dejase mientras se metía otro y al poco rato otro. Cada vez me lo hacía más rápido y más fuerte más y más. Ella también lo hacía más fuerte, más rápido y con más ganas. Me apetecía ocupar el lugar de su mano, meterme entre sus piernas y entrar en su cuerpo. Pronto me corrí mientras ella también lo hacía. Intenté recuperarme mientras su respiración se volvía a la normalidad, su cuerpo se relajaba tan placenteramente - ¿No tendrás más secretos?- Dije al fin ADAM J. CORA |
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Stop a la Pedofilia
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